Por Vicente Amengual Sosa

Que también puede llamarse —El chino del virgo—, aun cuando se pueden apreciar algunas pequeñas diferencias entre una y otra expresión. Era algo así como un miércoles antes del carnaval y entonces empezó un leve rumor: “Lo que dicen del chino se sabrá pronto”, lo que bien se puede entender como un rumor más concreto de algo que ya se había esparcido en menor escala, sí, claro, fíjense “Lo que dicen del chino…”

Hago una reflexión antes de seguir adelante. Años después de los hechos a que se refiere este relato, siendo mucho más maduro, haber pasado frecuentes temporadas en otros pueblos y haber convivido con sus habitantes, supe que el lenguaje, la palabra, era algo de sumo cuidado y de prudente manejo si querías vivir en paz. Recuerdo que alguien que había sido enviado para hacerme una consulta previa a un encuentro más formal, tenía que contarme detalles del caso y dijo más o menos esto: “Sabés que Goyo lo único que tiene es una finquita para trabajar, pero parece (nunca se dice que es verdad, sino que “parece”) que le están comiendo el máis por la orilla, entonces no quiere perder su tierrita y quiere que vos lo ayudés…”  Y tienes que entender, no tienes alternativa.

El chino era un mastodonte de un metro noventa centímetros de estatura, con algunos ciento cincuenta kilos encima, una cicatriz en el pómulo izquierdo y unos ojos que le valían el apodo que aquí empleamos. Nada lo conmovía en el testimonio de aquel rostro inflexible, hablaba bajito y poco y en ocasiones esbozaba una sonrisita de compromiso con sus interlocutores.

Pero él era el chino del rumor. Ya para el viernes se sabía que recorrería las principales casas del pueblo el martes de carnaval y que para tal ocasión estaría prohibido el juego con agua, azulillo, tierra, basura, lo que fuere… nada de eso, solo la gente – tal vez sus admiradores – como en una especie de procesión, caminando junto con él a dejar constancia de su supremacía, digo yo o de qué sé yo que no fuera aquella.

El fin de semana no anduve por el pueblo, pues me refugié en la casa de una amiga lejos de la zona o me asilé en la taberna cuyo nombre no recuerdo, pero sé que es aquella donde el señor Luis apostó a que se mochaba un dedo de la mano y ganó la apuesta.

El lunes sí había ya material más sustancioso. Caminarían con el chino el martes de carnaval, a eso de las once de la mañana, gente de todas las edades, hombres y mujeres, cantando, bailando y bebiendo ron, jubiloso todo el mundo, celebrando el carnaval, claro, pero coronando como debía ser la majestuosidad, la grandeza del chino consentido.

Algo extraño sucedió para mí ese martes de carnaval a las once de la mañana. La primera parte de la caminata gloriosa salió de la mitad de la cuadra adyacente a la vía principal, de una casa de donde salió el Chino y la gente lo esperaba con vítores y música, lo vi todo, pero en verdad yo no estuve allí. Estuve, en realidad, como en una posición virtual al final de la avenida principal, desde donde divisaba todo cuanto acontecía en una suerte de panorámica un poco más alto que los festejantes, pero bien cerca, muy cerca, casi como codeándome con el pueblo en festejo y hasta con el mismísimo Chino.

Cuando la multitud giró desde la cuadra donde vivía el Chino hacia la avenida principal, él venía en el centro, le llevaba por lo menos desde los hombros al más cercano a su estatura y caminaba lento, parsimonioso, saludando aquí y allá con la medida reverencia de un héroe, lanzándose grandes sorbos de ron. El Muco y como fiel cumplidor del instante supremo que ya se acercaba.

La gente salía de las casas para verlo en persona y fue la primera vez que me pregunté ¿Por qué hasta las mujeres, incluso mujeres mayores, sacaban sus cabezas de las puertas de las casas para verlo? Y sí, una pregunta más, una pregunta final, una exclamación en el interior de mi persona ¿Por qué hasta la mismísima Adelaida, la contraparte ignorada de aquella trama, la persona a cuyas expensas se había generado esa algarabía ronera, estaba allí para ver al Chino? Nunca esperé respuesta alguna ni la busqué. ¿Qué era aquello que estaba presenciando? Los años en otros pueblos y en otras locuras de las que me tocó vivir, me ofrecen explicaciones, pero la verdad no me interesa.

En la última esquina del recorrido se consumó el ritual. Desde allí, posteriormente, caminarían ya menos formales y se disiparían en las casas que esperaban por los marchantes para darles cervezas, ron y sancochos o parrillas. El Chino, el gran ejecutante, el rector insigne de aquella multitud, se detuvo y se produjo un gran silencio. En cada cerebro, a su manera, esto ya estaba previsto rigurosamente y entonces el Jefe volteó hacia su derecha y vio a Adelaida a través de la cerca de alambre, seria, callada, quizás algo atormentada, todo como pagando una pena.

El Chino levantó la mano derecha, acaso como que tuviera la oreja de un toro que el matador mostraba al director de la plaza, dígase un trofeo, lo sacudió brevemente, se sonrió con aires de grandeza, pecho erguido, aguardiente atizador del final de la trama y volvió a la normalidad. Siguió con su gente por la calle a la izquierda, remozando la algarabía y la bullanguería etílica.

Adelaida aceptó impertérrita su sentencia inapelable. El matador había cobrado unas semanas antes un virgo a su costa y luego la había repudiado.

¿Nuca supe qué coño significó eso?

De la vida de ella nunca más supe nada.

Y de él, creo que ahora se me parece más a un rey momo.

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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