CRÓNICAS DEL NO SÉ POR QUÉ

Supongo que en todas las casas del mundo es frecuente botar papeles de todo tipo y no me refiero a envoltorios, cartones, publicidad o cosas por el estilo. Hablo de documentos que se atesoran y un buen día nos damos cuenta que ya no necesitamos; también facturas de servicios públicos, recortes de periódicos, cartas, etc. Esta práctica suele ser bien profunda en el caso de los abogados, que de no hacerla un buen día podríamos terminar tapiados con tantos papeles del ejercicio profesional. Hace un par de meses (hoy es 15 de octubre del año 2011) realicé la última “purga”, la cual debe haberse llevado unos cinco kilos de papeles. Nueve carpetas de plástico de esas que venden los chinos quedaron reducidas a dos, llevándose por delante hasta resultados médicos. Hace cosa de unos diez años, la operación que se llevó unos cuarenta kilos, mayormente de fotocopias de documentos, incluyó infeliz e involuntariamente el original del título que me acreditaba como Especialista en Derecho Civil, emanado de una Universidad italiana.

Pero hay papeles misteriosos, por decir algo enigmático. A tantas purgas ha sobrevivido siempre una hoja de agenda, que a juzgar por el año que aparece al pie, es de 2009. La hoja salió de las carpetas de plástico y ahora ronda por el escritorio, a veces jugando a esconderse, las más de las veces atravesada en el camino de un documento que requiere análisis urgente o de un periódico. Entiendo que ha sobrevivido con mucha razón, pues basta leer una cualquiera de sus dieciocho numerales, para entender que se trata de unas vivencias personales en un lugar de este país.  Lo que sí no entiendo es el por qué puse los temas en ese orden y más aún, porqué el numeral segundo se titula “Introducción: El sentido de la crónica” (creo que debió ser El sentido de esta crónica), es decir, ha de suponerse que sería un orden para narrar hechos en orden cronológico, siendo que de primera vista no es así. Además, es también incomprensible que el numeral uno se titule “Recuerdo de los difuntos”  como que si no formara parte del cuerpo de la crónica, además que cronológicamente sea posiblemente el último hecho.

Lo allí señalado son hechos que he vivido de manera directa, complementados por personas que también los vivieron igual que yo o en fases anteriores o posteriores. Me largo ahora a contar lo que estas cosas quieren decir, convencido como estoy de ese sentido irreal que a veces asume la vida en un lugar cualquiera y con personas de cualquier tipo.

Una última cosa para mí también curiosa: todo se desarrolla en un mismo lugar, bastante desconocido en el país, siendo igualmente enigmático porqué escogí esos hechos, cuando hay tantas cosas que fueron o son más llamativas o interesantes. Basta con señalar en esta última dirección, la llegada de los terratenientes allegados del dictador Juan Vicente Gómez, con documentos que los hacían propietarios hasta casi el pueblo mismo, ahorcando a los productores al obligarlos a pasar por una garganta en un cerro donde los obligaban a vender más baratos sus productos agrícolas al terrateniente, quien luego los revendía a mayor precio en los centros más grandes de consumo.

Esta explotación injusta, amparada en la lejanía de cualquier lugar potencialmente reivindicatorio de los campesinos originarios, fue apuntalada por un capataz del terrateniente, hombre temible, vengativo, siempre armado y padre de unos cuantos pobladores. Murió en un duelo a balazos con un primo hermano,  en la intersección de la vía más importante de la población más cercana. Cuentan que, ya caído en el suelo, gravemente herido, le dijo a su heridor: ¡Mátame, primo, porque si no lo haces, el resto de tu vida será un calvario ¡Y el primo lo remató!

 

Recuerdo de los difuntos. No sé, en verdad, qué ocurrencia tuve cuando encabecé la hoja de la agenda con el Recuerdo de los difuntos. Parecería como un acto reivindicativo de los muertos del viejo cementerio o particularmente de tantas personas que conocí desde 1975.

Me inclino por creer en la primera hipótesis. En una oportunidad, el viejito Don Mache me pidió que consiguiera unos cobritos para limpiar la maleza del cementerio viejo y limpiar las tumbas, digamos que lo que quedaba después que la erosión de la colina había echado urnas y huesos pendiente abajo, sumado a las profanaciones y a la circunstancias de que algunos familiares de difuntos decidieron trasladar sus restos al cementerio nuevo. Logramos sacar a la vista varias lápidas y hasta cruces de hasta de 1901.

La conseja popular nos acreditó por ese gesto el derecho a una vida mejor, serenidad espiritual y una vida satisfactoria. No lo dudo.

2) Introducción. El sentido de la crónica. Algo ya adelantamos en cuanto al significado de los numerales. Repaso una y otra vez los dieciocho ítems y no tienen efectivamente orden cronológico, por lo que debe haberse hecho una enumeración desordenada  para luego ordenarla o acaso quizás se quiso dar relevancia a hechos que dejaron su marca en el tiempo.

3) La Momia.  Es posible que la idea de un orden cronológico en la hojita de la agenda – correspondiente al 02 de julio del año 2009 –  haya surgido del hecho cierto que a quien primero encontramos cuando llegamos a ese lugar, fue precisamente La Momia. Cuando uno llegaba a la construcción donde vivía y tenía además un negocio de venta de víveres y cervezas, situado a unos escasos cinco minutos del poblado principal, sentía verdadero alivio después de dos horas de pantano si era invierno o de montar los cauchos por una tierra que al secarse se volvía como piedra, con orillas filosas, si era verano.

La Momia era un hombre blanco, de mediana estatura y desmesuradamente obeso, lo que lo hacía respirar con dificultad. Se entendía claramente que se esforzaba por ser atento y simpático con quienes llegaban allí, pero la respiración dificultosa y una enfermedad que estaba en desarrollo, le impedían lograrlo a plenitud. Con todo fue apreciado por nosotros y nosotros por él, conversábamos de muchas cosas y permanecíamos largas horas en su negocio, tomando cervezas y jugando en un boliche hecho en la tierra.

Un día llegamos y el negocio de La Momia estaba cerrado. Por esos tiempos, el vehículo de transporte de personas y de víveres era principalmente camiones con barandas. La Momia tenía una mujer de facciones indias pero muy negra, cabello liso, que se vestía con ropas de hombre, a quien gustaba calarse un sombrero y en ocasiones una pistola al cinto. Tenían dos o tres hijos. La mujer de La Momia era la encargada de ir a la población grande más cercana a comprar los productos que vendía el negocio, siendo que de estas actividades parece que se ligó sentimentalmente con un catire del pueblito. El secreto a voces llegó a oídos de La Momia y ya esta parte de la crónica terminó. La india saltó sobre las barandas y se internó en el monte. El catire, impedido de huir por concepto de honor, quedó muerto en la misma parte trasera del camión.

La Momia pagó poco tiempo de cárcel, al actuar también en su honor. Recuerdo con tristeza ese hombre bonachón, vida cuesta arriba, quien creo falleció pocos años después.

 

  1. El colombiano: El colombiano merece por derecho propio estar incluido en estas crónicas del no sé qué. Mis amigos, vecinos y un compadre se encargaron de acompañarlo en el camino. La primera narración sobre él se refiere a una ocasión que él pescaba, dos o tres horas de lancha del pueblo, en una zona muy singular. Esta zona ha sido identificada hasta en los grandes medios como caladero de traficantes de drogas, es decir, cómo es que todo el mundo lo sabe y al parecer, no los desalojan. Pero el cuento no es ese. El asunto es que el colombiano se quedó varado,  pidió auxilio a otros pescadores del pueblo para regresarse con ellos y estos se negaron. La sentencia dizque fue directa “esta noche no podrán dormir en sus casas”.  Los pescadores no le prestaron atención y se fueron en la noche fresca, bien cargados de lisas. Llegaron a la playa del pueblo y empezaron a bajar el pescado y los utensilios, pero notaron que caminaban hacia la orilla y no avanzaban, volvían a intentarlo y sucedía lo mismo, hasta que se cansaron y decidieron pasar la noche en la lancha y dormir a como diera lugar.

En una segunda ocasión, cuentan que pidió prestado un tractor a un amigo y éste se negó. Al día siguiente el tractor se dañó de gravedad.

Pero el derecho a la crónica viene finalmente de este otro hecho. Dicen que una tarde, un compadre mío y todos sus hermanos se encontraban reunidos en la casa materna, un poco atribulados porque no tenían dinero y todavía faltaban dos o tres semanas para recoger el melón. En eso pasó el colombiano y al verlos así, les preguntó qué les pasaba y entonces lo supo.

¿y ustedes se ponen así por esa pendejada ?, ¿para qué tienen este amigo? y acto seguido les prometió traer víveres y cervezas. La gente lo aceptó como si no les quedara otro remedio, teniendo en cuenta lo temible del sujeto y la verdad que estaban con los bolsillos vacíos.

Se sorprendieron, sin embargo, cuando el colombiano, en lugar de tomar la vía hacia el pequeño abasto al otro lado del pueblo, enfiló hacia la parte trasera de la casa; se quitó la ropa y desnudo se montó en un árbol. Inmediatamente se desapareció y volvió al árbol al cabo de una media hora cargado de comida y bebida.

Siempre respetuoso de estas cosas contadas como de absoluta verdad, nunca dije nada. Tiempo después, se lo comenté a un tocayo, a quien suponía podía entender mi sorpresa, basado en el hecho que había vivido muchos años en la capital de la República y quizás era menos dado a asuntos fantasiosos.

“Tocayo…” me dijo, “eso es cierto, porque yo estaba en la casa esa tarde que el colombiano hizo eso.

 

Vicente Amengual Sosa

Escritor venezolano. Es abogado de profesión.

Columnista del diario “El Siglo”.

Colaboraciones literarias en el Diario “El Nacional”, “El Periodiquito”, “El Aragüeño”.

Publicación de poemario en el Anuario del Colegio de Abogados del Estado Aragua (1977)

Libro humorístico “El Arte de Joder”, publicado por Editorial Planeta, España, año 2018

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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