Por Alfonso Solano.

En la historia de las civilizaciones, y por ende, la “historia del hombre” como género humano, suele hacerse una suma de sus triunfos y fracasos militares, políticos y económicos. Pero, como lo afirma el brillante profesor e historiador británico de Bellas Artes William Fleming, para realmente poder comprender el auténtico espíritu y vida interior de un pueblo, es necesario hurgar y conocer su arte, filosofía, danza y música, pues son éstas “las expresiones humanísticas en las que se encuentra el  verdadero testimonio de la experiencia del hombre como la vivió, a través de percepciones y sensaciones racionales y no racionales”. Las ‘Bellas Artes’ como se les conoce a este medio expresivo, son en efecto, el lenguaje simbólico por el que las civilizaciones a través de los artistas, expresan a sus contemporáneos sus ideas, alegorías, fantasías, observaciones racionales o satíricas, revelaciones intimas y colectivas e imágenes del orden y del caos. Estas manifestaciones artísticas atestiguan, en mayor o menor grado, el estadio en que el hombre en sus instantes de mayor brillo o decadencia, ha alcanzado lo que hemos denominado como ‘civilización’. Un estudio por consiguiente, de las Artes en su contexto amplio, nos proveerá de un tejido por el cual es posible una comprensión más real de la conducta humana del pasado y mejor aún, de una “compenetración más rica y multidimensional del presente” junto a cada idea o expresión del futuro que nos espera a cada recodo de la historia, como de nuevo lo afirma el Dr. Fleming.

El siglo XX, que fue pródigo en descubrimientos y cambios capitales en el desarrollo de ideas e ‘ismos’ más o menos conscientes, no podía dejar de conferir tales características a las bellas Artes, principalmente a la pintura. En la pintura de comienzos de este siglo, y luego en la debacle que vino después de la segunda guerra mundial, se suscitaron movimientos y cambios donde se asomaron las ideologías en pugna, las transformaciones sociales, la lucha entre las escuelas del racionalismo e irracionalismo, las significativas conquistas de la ciencia y sobre todo, como lo afirmó el escritor y estudioso del arte francés Jean Cassou “la lucha del hombre por alcanzar su auténtica libertad”.  Y todos estos movimientos pictóricos, todas las escuelas, se polarizan al final en torno a un intelectualismo y reflexión permanente sobre el papel del hombre frente a la hegemonía cada vez más preocupante, de las tecnologías y los avances científicos que niegan o excluyen los papeles de los artistas, que como lo hemos visto, son la expresión más elevada del espíritu humano. Ya sea por una crítica de la naturaleza de la razón del arte en nuestro tiempo o por una manía racionalizante del devenir humano, las artes en el presente siglo se encuentran, según el filósofo de la historia del arte norteamericano Arthur C. Danto, en un callejón sin salida: ya no es posible concebir un arte total que exprese en verdadera clave estoica del presente, las intenciones o definiciones del hombre de la actualidad según los criterios que hasta bien entrado el siglo XX definieron los cánones de la pintura desde el relato histórico que acuñó el critico italiano Giorgio Vasari en el renacimiento, que escribió un gran libro sobre los artistas más importantes de su época cambiando el paradigma de su tiempo. Ha habido, en nuestra convulsionada era según este autor, una separación; un deslinde de la historia que se ha precipitado inevitablemente, en lo que este crítico denomina: “el fin del arte” tal y cual como lo conocíamos hasta el presente. De modo que se hace necesario, según Danto: “señalar el camino hacia un nuevo tipo de crítica que resulte capaz de ayudarnos a entender el arte en esta era post-histórica…La conclusión es que ya no es posible aplicar las nociones de la estética tradicional al arte contemporáneo, sino que hay que centrarse en una filosofía de la crítica de arte que pueda arrojar luz con la que quizá sea la característica más sorprendente del arte contemporáneo: que todo es posible.”Esto es en esencia, lo que platea Arthur C. Danto en su polémico texto: ‘Después del fin del Arte: El Arte contemporáneo y el linde de la historia.’

Modernidad y contemporaneidad.

EL BURGUÉS ya está curado de espantos. Lo ha visto todo. La modernidad se ha convertido para él en una tradición. Lo único que lo desconcierta aún un poco es que la tradición hoy se haga pasar por el colmo de la Modernidad.” De esta forma, inicia el catedrático y profesor de la Sorbona en París Antoine Compagnon su texto: Las Cinco Paradojas de la Modernidad, un ensayo capital para entender cómo este crítico francés aborda de manera lúcida y brillante, los acuciantes problemas que plantea el concepto de la Modernidad en el arte de nuestro tiempo. En el asunto que nos compete referente al concepto de la modernidad como topos para definir el relato histórico, tal modernidad se nos presenta como un juego de contrarios que contradice el significado mismo del concepto: “se considera moderno lo que rompe con la tradición, y tradicional, lo que resiste a la modernización. Según la etimología, la tradición es ‘la transmisión de una creencia o modelo de una generación a la siguiente y de un siglo a otro… Hablar de tradición moderna sería pues un absurdo, ya que esta tradición tendría que estar conformada por rupturas.” Las rupturas en cualquier manifestación artística, siempre se han considerado como ‘nuevos comienzos’, pero como lo afirma el propio Compagnon; muy pronto se acaban esos nuevos comienzos y esos ‘nuevos orígenes’ están inexorablemente, destinados a ser superados de forma inmediata. La vanguardia, entonces, sería lo más nuevo, pero esto en muy breve tiempo, ya se convierte en lo más viejo. Como cada generación se ve obligada a romper con ese pasado, sería entonces, la ruptura misma la que constituye la tradición. Pero, como reflexiona el catedrático francés “una tradición de la ruptura ¿no es a la vez necesariamente una negación de la tradición y una negación de la ruptura? Citando a Octavio Paz, Compagnon nos indica que “la tradición moderna, es una tradición que se vuelve contra sí misma.” He aquí la paradoja que anuncia el destino de la modernidad estética: “afirma y, al mismo tiempo, niega el arte; decreta a la vez, su vida y su muerte, su grandeza y su decadencia.” Esto es lo que los filósofos definen como una ‘aporía’ o un impasse lógico.

En este sentido, Arthur C. Danto nos aclara en la introducción de su texto que “Mis intereses son especulativos y filosóficos, y también prácticos (…) Deseo identificar qué principios críticos hay cuando no hay más relatos, y dónde, en un sentido cualificado, todo es posible. El libro se ocupa de la filosofía de la historia del arte, la estructura de los relatos, el fin del arte, y los principios de la crítica del arte.” No desea, como en el caso de Compagnon, filosofar sobre el sentido de la modernidad y la contemporaneidad y cómo estos afectan el sentido de los relatos existentes en el arte. Pero, para aclarar sobre lo que el autor considera “Moderno” que según este filósofo no significa “lo más reciente” como tampoco “contemporáneo” es un término que designa simplemente  “algo que tenga lugar en el presente”, la palabra clave es una ‘auto-conciencia’. “El cambio desde lo «premoderno» a lo moderno -aclara Danto- fue tan insidioso como la transición (en términos de Hans Belting) de la imagen desde sus postulados anteriores a los de la era del arte, a la imagen en la propia era del arte; asimismo, los artistas que hacían arte moderno no tenían conciencia de estar haciendo algo diferente hasta que, de manera retrospectiva, se comenzó a aclarar que había tenido lugar un cambio importante. Algo similar ocurrió en el cambio del arte moderno al contemporáneo. Creo que por mucho tiempo «el arte contemporáneo» fue simplemente el arte moderno que se está haciendo ahora.”  He aquí la clave que debemos tener para introducirnos en su topología filosófica: intentar reducir las sensibilidades artísticas que se ajustaron a las indignidades del modernismo, visto a través de las posturas estéticas tradicionales, y pretender mostrar qué significa disfrutar de lo que él llama: la realidad posthistórica. Es decir, el arte del fin del arte. ¿Es esto posible? Danto se propone demostrarnos que ésa es, en efecto, la  realidad de nuestro artistas y del arte en general de nuestros días. Y para lograrlo, hace una extensa como asombrosa revisión crítica y pormenorizada de  eventos, obras y referentes de los artistas que él y su maestro Clement Greenberg consideraban como fundamentales para trazar un mapa genealógico de la contemporaneidad artística: desde los primeros experimentos del Dadá que proclamó la muerte del arte, pasando por Pablo Picasso y los cubistas, hasta llegar a aquellos artistas que define como ‘fundamentales’ en el relato contemporáneo: Andy Warhol Jackson Pollock, Robert Morris, Roy Lichtenstein, Cindy Sherman, Sean Scully, Ad Reinhardt, Mike Bidlo, Barbara Westman y el increíble Joseph Beuys, entre los más importantes.

 El relato de la Muerte o no-Muerte.

Relato es una palabra que designa, según el diccionario “un conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho o acontecimiento”. Filosóficamente, no obstante, el término se utiliza para cuestionar un saber que se considera ‘verdad’, ‘principio’, ‘fundamento’ o ‘dogma’. Pero, quizá la palabra clave para descifrar el corpus dialéctico en el texto de Danto sea: la discontinuidad. En efecto, el autor refiere que pudo haber existido un espacio discontinuo entre el arte producido en la era del arte y el arte producido tras esa era. “La era del arte no comenzó abruptamente en 1400, ni tampoco acabó de golpe hacia mediados de los años ochenta, cuando aparecieron los textos, de Belting y mío, en alemán e inglés, respectivamente. Tal vez ninguno de nosotros tenía una idea clara de lo que tratábamos de decir, como debemos tenerla hoy, diez años después. Pero ahora que Hans Belting ha llegado a la idea de un arte anterior al comienzo del arte, debemos pensar en el arte después del fin del arte, como si estuviésemos en una transición desde la era del arte hacia otra cosa, cuya forma y estructura exacta aún se debe entender.” Todo esto se debía fundamentalmente, al agotamiento del discurso y las ideas de un arte contemporáneo que, según estos autores, estaba en total decadencia y había llegado a su final. Pese a esto, aclara: “Ninguno de nosotros (Belting y él) hablaba sobre la muerte del arte, a pesar de que mi propio texto parece haber sido el artículo central en el volumen, bajo el título The Death of Art.” Lo que Danto quería significar era que “no era que no debía haber más arte (lo que realmente implica la palabra «muerte»), sino que cualquier nuevo arte no podría sustentar ningún tipo de relato en el que pudiera ser considerado como su etapa siguiente. Lo que había llegado a su fin era ese relato, pero no el tema mismo del relato.” Esto es el topos central de todo este estudio, que habla también de «la relativa y reciente pérdida de fe en un gran relato que determine el modo en que las cosas deben ser vistas» como lo indica Hans Belting.

Basándose en el paradigma contemporáneo del “collage” como procedimiento, tal y como fue definido por Max Ernst, pero diferenciándolo de «el encuentro de dos realidades distantes en un plano ajeno a ambas». Danto en cambio refiere, no obstante, que en el panorama del arte de nuestro tiempo, ya no existe un plano diferente para distinguir realidades artísticas y que además, esas realidades ya no son tan distantes entre sí. Esto se debe fundamentalmente, a que el paradigma del arte contemporáneo es que no existe ningún criterio a priori de cómo el arte debe verse ni cómo se deba producir, sino que sus presupuestos están sujetos a un principio “en donde todo arte tiene su propio lugar”. El museo -afirma Danto- “es un campo dispuesto para una reordenación constante, y está apareciendo una forma de arte que utiliza los museos como depósito de materiales para un collage de objetos ordenados con el propósito de sugerir o defender una tesis.” Esto último, en las realidades colindantes del arte actual donde el artista decide y tiene carta libre en sus propuestas museísticas, no deja de ser cierto. Más allá de todo esto, se asoma una realidad en la que el propio   autor definió como una “autoconciencia”, para distinguir la diferencia entre el relato de lo moderno y lo contemporáneo. Esta autoconciencia que Greenberg la definió en la pintura de la modernidad, sólo podía responder a la siguiente pregunta: «¿Qué es esto que tengo y que ninguna otra clase de arte tiene?». Quizá, esta sea la pregunta constante que siguen haciéndose los artistas de nuestro tiempo para realizar sus obras, mientras sus creaciones paradójicamente, sigan careciendo de una definición posterior a la era del “fin del arte”.

 

 

 

 

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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