En 1979, apenas terminé el tercer semestre en la Escuela de Letras de la UCV, renuncié a mi trabajo en el Archivo General de la Nación y también a la universidad y regresé a casa de mis padres en Maracay. Los motivos de esas renuncias no vienen al caso y para nada importan para estas líneas.

Me dediqué a pasar muchas horas leyendo en mi cuarto y gracias a las recomendaciones de mi hermano Alberto, en esa fiebre de lector me paseé con pleno goce y entusiasmo por las páginas de En busca del tiempo perdido y El cuarteto de Alejandría. Otras lecturas me sedujeron, pero no tanto como esas dos grandes novelas del siglo XX.

Por las tardes, a eso de las cuatro, me iba al campo de fútbol del barrio La Democracia a jugar las infalibles caimaneras y después volvía a casa, al placentero baño después de tanto tocar y quitar balones e iguales raciones de la toma y dame de coñazos propios del fútbol, a la cena y otra vez a los libros. Las noches de los viernes y los sábados eran debidamente consagradas a las cervezas, al ron y a conversar con los amigos con todo el ánimo jodedor venezolano en una esquina o taguara del barrio.

Uno de esos sábados salí después de las ocho de la noche a cumplir con esas obligaciones con mi espíritu y en una de las calles, recostados de un carro del que salía a volumen discreto una salsa trancada, me encontré con dos amigos que llevaba tiempo sin saber de ellos. Nos saludamos afectuosamente y me brindaron una cerveza: Juan Luis ya era licenciado en Relaciones Industriales y Miguel profesor de química en un liceo.

Siguieron otras cervezas muy bien distribuidas y con suficiente hielo en la maleta del carro y por elemental sentido cívico y de solidaridad propuse comprar una caja más con mi respectiva colaboración, pero me dijo Juan Luis:

—Tranquilo, que vamos a dar la acostumbrada ronda de los sábados y te vienes con nosotros y en el camino emparejamos la cuenta.

—Así será-— les dije.

La tan acostumbrada ronda de los sábados consistía en un recorrido por varios de los más famosos burdeles de Maracay tan solo para beber en lo que tiempo después supe que Faulkner consideraba el mejor ambiente nocturno para un escritor.

Fuimos de barra en barra o mesa por aquellos sitios de media luz y bajas luces de colores en los que algunos posavasos declaraban como los mejores sitios con simpáticas anfitrionas, toda una manera más que eufemística para evitar la hermosura de la palabra puta en su plural.

Nuestra última estación fue cerca de las cinco de la madrugada en uno de esos ya casi solitarios templos del más antiguo oficio, según unánimes declaraciones, con el nombre de una capital de un país e la América del Sur. No llevábamos mucho rato allí cuando Miguel dijo:

—Miren quien está en aquella mesa del fondo.

Volteamos Juan Luis yo, quizás sin discreción alguna, y ahí estaba, con dos mujeres a su izquierda y otra a su derecha, con una evidente borrachera y aún media botella de Old Par sobre la mesa y vasos llenos, Víctor Davalillo, quien para entonces era el primer bate de los Tigres de Aragua.

Salimos de ese burdel cuando ya clareaba el día y acordamos en el camino que iríamos al juego de ese día de los Tigres contra los Tiburones de La Guaira y que nos sacaríamos el ratón después del mediodía para estar en el estadio a las cuatro de la tarde desde el primer inning.

Y ahí estábamos en la tribuna lateral sin techo de los lados del right field, y cuando anunciaron las alineaciones de los equipos se nos desbarrajó el cerebro cuando el anunciador dijo que Davalillo era el primer bateador de los Tigres y mientras pusieron “las gloriosas notas del himno nacional” murmurábamos entre nosotros que cómo carajo lo ponían de primer bate si amaneciendo lo dejamos en el burdel  con aquella pea y quién sabe hasta qué hora.

El umpire principal cantó play ball y salió Vitico al cajón de bateó y con el primer lanzamiento Vitico, con su particular estilo de bateador zurdo, alzó un poco su pierna derecha y metió una línea entre right y center field que llegó de un bote a la pared y llegó hasta segunda cómodamente. Juan Luis se puso de pie y gritó a todo gañote:

-¡No joda, este es el pelotero más grande que ha parío este país!

Y así lo sigo creyendo porque jamás podré explicarme cómo el gran Davalillo, ese pelotero con espíritu de bohemio, hizo cosas como esta que acabo de contar.

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Mario Amengual

Escritor venezolano (Maracay, Aragua, 1958). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y actualmente es profesor de los talleres de Literatura I y II en el núcleo de la UCV de Maracay, facultades de Agronomía y Ciencias Veterinarias. Ha sido articulista de opinión en los diarios Últimas Noticias, 2001 y El Siglo. Numerosos artículos, ensayos y poemas suyos han aparecido en las publicaciones digitales El Meollo y Ala de Cuervo, entre otras, así como en la Revista Nacional de Cultura e Imagen, y en los suplementos literarios de diferentes diarios nacionales y regionales. Ha publicado La arboleda deslumbrante (poemas; Alcaldía de Los Salias, San Antonio de los Altos, 1991), El tiempo de las apariencias (poemas; Departamento de Cultura de la UCV, Maracay, 2000), El pozo de la historia/Los extranjeros (novela y poema en prosa; edición limitada del autor, Caracas, 2001), El pozo de la historia (novela; bid & co editor, Caracas, 2007), El cantante asesinado (novela; bid & co, Caracas, 2009), La fiesta de La Democracia (novela; bid & co, Caracas, 2011), El abismo de los cocuyos (novela; bid & co, Caracas, 2013) y A la sombra de los destellos (poemas; Movimiento Poético de Maracaibo, Colección Puerto de Escala, Maracaibo, Zulia, 2015) El juicio de los días (poema en prosa), El Taller Blanco Editores, Bogotá, marzo de 2021; El sol de los días muertos, relato, Sultana del Lago, mayo de 2021.

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