I

En su testimonio de recio amor a la lengua, En torno al lenguaje, Rafael Cadenas prevé, resignado, una oscuridad estridente. “Pues no es el silencio lo que nos quieren trocar por la palabra, sino el ruido. Tenemos que asumir nuestro sino; vivir al margen”.

A esa oscuridad estridente la acompaña otra sinrazón exacerbada en estos días: el anhelo de poder. Ambas marchan juntas, avanzan estrechamente unidas, dejando de lado a quienes prefieren pronunciar «el gran rechazo». Vivir al margen, más que una huida, tal vez resulte tomar el camino de la sensatez.

En las oficinas de los inestables ministerios y de las empresas cada vez más ricas, lo primero que salta a la vista es la competencia maliciosa, el afán de cada quien para imponerse a los demás. En las organizaciones políticas la lealtad se juega acorde con las posibilidades de conquistar o conservar el poder: ¿qué puede importarle a un enamorado del poder la ruina y el hambre de muchos, si a él los medios de comunicación lo toman en cuenta, si puede ocupar un alto cargo en el gobierno, rodeado de subalternos sumisos, que, no obstante su sonrisa servil, esperan el día de su propia consagración? Las «estrellas» del cine y la televisión, los cantantes, los escritores, los llamados promotores culturales, los ejecutivos, en fin, gente de todas las profesiones y oficios, en su mayoría, ya descaradamente, como si hubiesen decidido agravar el sinsentido, declaran su prurito de ser los mejores, los sobresalientes. No importa cuál sea el obstáculo: sólo vale el poder, el ser tenidos por glorias, por leyendas vivientes, codearse con los «grandes», con otros poderosos. Para ellos vivir es la perenne carrera hacia una meta radiante, acicateados por una insaciable gana de poseer, triunfar y ser adorados.

A tales propósitos dedican todo su tiempo y esfuerzo. Vivir sólo tiene sentido cuando el éxito es la recompensa; por eso, quienes no lo alcanzan se tornan resentidos y maledicientes. No le faltó razón a J. R. Guillent Pérez cuando dijo que la única diferencia entre un pobre y un rico es que éste tiene lo que aquél desea. Y así parecen confirmarlo tantos asesinatos cuya causa es el robo de prendas y objetos costosos. Se mata para adquirir un símbolo de poder.

Hoy todo es poder y competencia, y la publicidad se encarga de fabricarles seductoras ponderaciones. Hasta el espíritu religioso ha agravado sus ambiciones terrenales: abundan sectas y grupos religiosos arrogándose la verdad de las verdades. Las artes tampoco han escapado, aunque tarde o temprano se descubra la impostura. Poseer la verdad, la «esencia artística», es para muchos críticos y artistas su privilegio: miran con desdén a los simples mortales que carecen del secreto en el que ellos se refocilan.

Si ahora se habla de promisorios tiempos de paz democrática (aunque sobren bombardeos, pugnas étnicas y religiosas, y guerrillas alborotadas), de muros necesariamente caídos para consolidarla, de tiempos de plena realización material y esperanzas inagotables, es, sin duda y basta cualquier noticiero, porque aún vivimos en la trampa. Los sacerdotes de las finanzas se empeñan en ignorar que somos más que cifras estadísticas y que los indicadores económicos son minucias de una angostísima realidad. Además, ¿a cuántos favorecen los resultados de sus cuentas?

Digámoslo con palabras de Erich Fromm: mientras vivamos por demás inclinados al tener, seguiremos en la confusión. ¿Exagero? ¿No es el día a día el campo de las batallas, pequeñas y grandes, por el poder? ¿No son las guerras económicas el mejor pasto de los titulares de prensa? ¿Es éste el mejor de los mundos posibles?

En apariencia muchas cosas han cambiado o comienzan a cambiar, pero no se avizora la gran reforma, la que ha de realizar cada ser humano en su aporreado corazón. La tecnología a todo llega como redentora, aunque el poder que nos otorga nos impide darnos cuenta de lo más inmediato, y la tecnología ha sido casi reducida a sirvienta del poder. Y mientras el poder sea el único fin de nuestras vidas, «estaremos perpetuamente ocupados en alguna nueva manipulación, tan sólo para no experimentar el vacío»(Bertrand Russell).

 

II

No creo que estos días en que vivimos sean mejores o peores que muchos otros. Los creyentes en el Juicio Final, que nunca faltarán, pregonan el fin del mundo por doquier; los devotos del neoliberalismo o de la revolución celebran su triunfo; futurólogos de diversa índole aseguran que nuestra época representa la transición, convulsa y difícil, hacia un mundo nuevo; otros, citando a Borges, están convencidos de que como a todos los hombres nos han tocado malos tiempos en que vivir.

Creo, por encima de cualquier alarde de adivinación o deducción, que estos son días de muy poca o ninguna espiritualidad. Se ha impuesto, sin mayores resistencias, el recto afán de tener (dinero, poder, información), priva el cuánto vales y se ha menospreciado el «eres»; la sociedad es más mercado que organismo vivo, el arte ha derivado en mercancía, los intelectuales apenas son mercenarios de lenguaje disecado, los políticos ignoran el equilibrio entre el beneficio propio y el bienestar colectivo, las ciencias sociales propenden al devaneo sobre la base de esquemas tiesos, la medicina es casi toda rama del comercio y la religión un paliativo de la angustia.

¿Por qué han de extrañarnos el auge de la morbosidad criminal y las constantes e ingeniosas formas del latrocinio, si hemos endiosado a la economía? ¿Acaso no se invierte muchísimo dinero y talento para estimular el consumo y desatar formas de vida ostentosas? ¿Qué podemos esperar de un mundo sin la menor inclinación a encontrar su alma, y apenas ha oscilado entre gobiernos totalitarios y otros que ponderan la competitividad y el lucro?

Cuanto pueda decirse en favor de un vivir distinto pasa por grito desesperado o esperanzas lunáticas. La realidad, eso que convenimos en llamar realidad, se arma sobre nuestros prejuicios e íntimos temores. Nadie, salvo algunos que no se encuentran a gusto en la común desazón, se muestra dispuesto a reconocer su decisiva responsabilidad en cuanto procura insatisfacción y dolor a nuestra existencia. Nuestra locura nos hace sentirnos espectadores y no partícipes: así nos libramos de la necesidad de cambiarnos y de cambiar las reglas establecidas.

No se trata de conseguir la salvación ni constituir un ideal. Estamos casi obligados a buscar la armonía de las fuerzas opositoras que conforman nuestro corazón. Si dejamos que las fuerzas destructivas, deseosas de poder, insaciables, se desborden al punto de imponer una oscuridad demencial, nos estamos negando la oportunidad de vivir conforme a nuestra condición, milagrosa y perecedera. ¿Hasta qué punto permitiremos que la barbarie civilizada  avance, sin reparar en nefastas consecuencias? ¿Hasta cuándo soslayaremos el sentido poético de la existencia y trazaremos límites continuamente?

Quizás corresponda a los poetas, no a los prestidigitadores verbales, asomar indicios, señalar un rastro por más débil que sea, recobrar la fuerza de antiguas voces como la de Lao Tsé y repetir con él: “Quien ama el mundo como a sí mismo se le puede confiar el mundo”.

 

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Mario Amengual

Escritor venezolano (Maracay, Aragua, 1958). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y actualmente es profesor de los talleres de Literatura I y II en el núcleo de la UCV de Maracay, facultades de Agronomía y Ciencias Veterinarias. Ha sido articulista de opinión en los diarios Últimas Noticias, 2001 y El Siglo. Numerosos artículos, ensayos y poemas suyos han aparecido en las publicaciones digitales El Meollo y Ala de Cuervo, entre otras, así como en la Revista Nacional de Cultura e Imagen, y en los suplementos literarios de diferentes diarios nacionales y regionales. Ha publicado La arboleda deslumbrante (poemas; Alcaldía de Los Salias, San Antonio de los Altos, 1991), El tiempo de las apariencias (poemas; Departamento de Cultura de la UCV, Maracay, 2000), El pozo de la historia/Los extranjeros (novela y poema en prosa; edición limitada del autor, Caracas, 2001), El pozo de la historia (novela; bid & co editor, Caracas, 2007), El cantante asesinado (novela; bid & co, Caracas, 2009), La fiesta de La Democracia (novela; bid & co, Caracas, 2011), El abismo de los cocuyos (novela; bid & co, Caracas, 2013) y A la sombra de los destellos (poemas; Movimiento Poético de Maracaibo, Colección Puerto de Escala, Maracaibo, Zulia, 2015) El juicio de los días (poema en prosa), El Taller Blanco Editores, Bogotá, marzo de 2021; El sol de los días muertos, relato, Sultana del Lago, mayo de 2021.

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