Por Alfonso Solano.

Desde hace años, me he empeñado en alertar -con obstinada insistencia- sobre el peligro que encierra para todos (y hablo de la humanidad entera) en perder interés y atención en lo que nos ha distinguido y sustentado desde que el hombre comenzó a usar su cerebro: El lenguaje. En efecto, las lenguas o más propiamente, el lenguaje, constituyen cada uno de los sistemas empleados por el hombre para comunicarse con sus semejantes. Se cree que el lenguaje tiene al menos 50.000 años, pero la mayoría de los lingüistas piensa que es considerablemente más antiguo, y algunos estiman que podría tener hasta medio millón de años. Sin embargo, todavía existen dudas sobre su verdadero origen. “La información compleja inferida que compartimos hoy en día se basa en el idioma, entonces es increíblemente importante”, lo expresó a BBC Mundo Wendy Sandler, profesora emérita de Lingüística de la Universidad de Haifa, Israel, según nos relata la periodista de la cadena inglesa en su versión española; Analía Llorente.

Todo lo que la creación humana ha logrado en su evolución, se debe fundamentalmente al lenguaje. El hombre piensa, habla y luego tiene conciencia de su existencia, como lo demostró René Descartes. Porque el mundo de las ideas y el desarrollo del cerebro se produjo cuando el hombre inventó un sistema simbólico- la lengua- para comunicar todo ese cúmulo de pensamientos. De hecho, las palabras habladas y escritas nos permiten extender nuestras ideas; ampliar de forma extraordinaria nuestra capacidad de expresión y de comunicación, conquistar territorios; el lenguaje se eleva más allá de nuestros pensamientos y nos permite la hermosa aventura del soñar e imaginar, construir fantasías, inventar tiempos y lugares de los cuales no hemos visto ni escuchado jamás.

Esta es una de las principales virtudes de nuestro lenguaje, cualquiera que sea su nicho u origen étnico. “El ser humano tiene al lenguaje como forma de expresión; aspira a darse a entender, a comprender lo que le dicen, a explicarse a los otros, a todos sus posibles interlocutores” lo afirma Soledad Puértolas de la Real Academia Española. Y más adelante sentencia “más nos vale quedarnos en el territorio de las palabras. Es allí donde puede llegar a darse el entendimiento y, cuando no, el acuerdo, la negociación… El lenguaje puede ser nuestro mejor aliado; su vocación, su razón de ser, es formar parte de nosotros, vivir en nosotros.”

Pero, en las últimas décadas, el lenguaje ha sufrido un embate despiadado que lo ha degradado a niveles realmente preocupantes. Hace algunos años atrás, el autor e investigador Christophe Clavé, residenciado en Lausana, Suiza, alertó en un nutrido artículo, sobre los peligros de la deformación y degradación de la lengua que conlleva a un déficit del coeficiente intelectual de la población:

“El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años noventa siempre había aumentado,  en los últimos veinte años ha disminuido considerablemente… Muchas pueden ser la causa de este fenómeno, una de ellas podría ser el empobrecimiento del lenguaje. En efecto, varios estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento de la lengua: no solo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas linguísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo.” 

De igual forma, el investigador francés nos aclara “La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de «golpes mortales» a la precisión y variedad de la expresión. Solo un ejemplo: eliminar la palabra «señorita» (ahora obsoleta) no solo significa renunciar a la estética de una palabra sino también fomentar involuntariamente la idea de que entre una niña y una mujer no hay fases intermedias.”

A todo esto, debemos sumarle la disminución de expresiones lingüísticas correctas que se han degradado a través de las expresiones en las redes sociales “la desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo” agrega Clavé en su interesante artículo.

Lo más preocupante, a mi manera de ver, son las formas de expresión popular en donde “menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad para expresar las emociones y menos posibilidades de elaborar un pensamiento”.

Como hemos visto, sin palabras no es posible construir un razonamiento, el pensamiento complejo y elaborado se hace imposible. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento crítico y constructivo.

“Si no existen ideas, no existen pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. ¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin condicional? ¿Cómo se puede considerar el futuro sin una conjugación en el futuro. ¿Cómo es posible capturar una tormenta, una sucesión de elementos en el tiempo, ya sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin una lengua que distingue entre lo que podría haber sido, lo que fue, lo que es, lo que podría ser, y lo que será después de lo que podría haber sucedido o lo que realmente sucedió?”, sentencia el autor de “Los caminos de la estrategia” (Les voies de la strategie).

Por esta razón, la batalla de los educadores y padres para evitar la catástrofe de nuestra lengua, debe ser en el terreno de la educación; en la orientación y vigilancia de las formas de expresión de nuestros niños, jóvenes y adolescentes, sobre todo en lo que se refiere al manejo de las nuevas tecnologías digitales para que no se vuelvan un hábito que enajene su pensamiento y expresión. Debemos fomentar la lectura desde temprana edad; enseñar y practicar el idioma en sus múltiples expresiones para conservar el sentido primo de la lengua; educar para la libertad, el respeto y la emancipación de nuestros pueblos. En este esfuerzo conjunto y mancomunado, entre escuela, educadores y padres, estará nuestra salvación.

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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