Venezuela es país de olvidos, por conveniencias o por ignorancia, que es nuestra peor forma de olvidar. Nada más comprensible si tomamos en cuenta que la historia oficial y la que se caletrea en las escuelas se empeña en que nacimos el 19 de abril de 1810. No son aires innovadores lo que mueve a cada nueva república o nuevo régimen a bautizar y rebautizar lugares públicos con los nombres de sus propios héroes y apenas sobreviven los de los próceres de la independencia, más por remordimiento que por admiración. Constantemente trabajamos para la desmemoria, y con mayor esmero recientemente para anular un solo pasado glorioso de tanto recordarlo, aun en las circunstancias menos oportunas. Cuando mucho perduran en la memoria colectiva venezolana los ídolos deportivos y la gente de la farándula, pero nunca con el mismo fervor que suelen mostrar otros pueblos del continente americano.
Dos ejemplos ilustran mejor lo que pretendo decir.

Me contó un hermano mío que a principios de los ochenta coincidió en el ascensor de una dependencia pública con Alfredo Sadel, quien él sobreentendía hasta entonces que no necesitaba presentación alguna ni nadie, al menos en Venezuela, pondría en duda su talento como de cantante; pero apenas salió Sadel del ascensor, un tipo de mediana edad le preguntó a mi hermano: ¿Éste no es el guëvon que se equivocó cantando el himno nacional en la inauguración de los Juegos Panamericanos? Se refería a un episodio cierto, es verdad, pero también delata que acostumbramos a recordar los malos ratos de las figuras públicas y descalificamos toda su trayectoria, por muy brillante que sea.

Cerca de mi casa sobrevive a la desidia municipal y al maltrato de los ciudadanos un estrecho y breve paseo en cuyo centro hay un busto de Arístides Bastidas. Allí una vez presenciábamos una carrera de bicicletas un numeroso grupo de personas entre los que se hallaban un ingeniero agrónomo y un abogado, que aprovechaban los ratos que tardaban en volver a pasar los ciclistas para conversar de todo un poco. En una de esas el ingeniero agrónomo se quedó mirando fijamente el busto de Arístides Bastidas[i] y le preguntó al abogado: ¿Quién será este señor? Y el abogado le respondió sin dudar ni un segundo: Algún político de mierda.

Se me juzgaría mal si se cree que imagino un país cuyos habitantes no ignoran nada de su pasado y de su presente, y que como guías turísticos o charleros de autobusetes sueltan su invariable monólogo sobre lugares, personajes y monumentos a las primeras de cambio. Pienso, recordando a Mario Briceño Iragorry, “en un mayor sentido de asimilación de la Historia” y que ésta “realice entre nosotros su verdadera función de cultura”. Pero al no ser así, resulta mucho pedir que cualquier bachiller, licenciado o doctor tenga noticia de los paisanos que han dedicado su vida a las artes, a las letras o el pensamiento. No es de extrañar tampoco que en el mismo “medio cultural” se desconozca o deliberadamente se ignore la obra de un pensador como J. R. Guillent Pérez. Y aquí quería llegar.

En 1972 Ediciones de la Biblioteca Rental del Instituto Pedagógico de Caracas publicó El hombre corriente y la verdad, libro que, según se advierte en su presentación, recoge las ideas expuestas en las clases de Introducción a la Filosofía que dio Guillent Pérez en el Instituto Pedagógico de Caracas y en los resultados de una investigación realizada por la Sociedad Venezolana de Psiquiatría entre abril de 1969 y junio de 1971. El hombre corriente y la verdad está compuesto por seis partes, cuyos significativos títulos son: ¿Qué es la filosofía?, El hombre del siglo XX, El ente humano, Las cosas en sí, El no ser y El ser. En cada una de esas partes Guillent Pérez rememora la palabra, y en ella basa sus reflexiones, de Lao Tsé, Buda, Anaximandro, Parménides, Heráclito, Cristo y Krishnamurti. Sobre ellos dice: “Los sabios que les estoy señalando son ejemplos eminentes de hombres que descubrieron la verdad; se les podría considerar como prototipos de filósofos”.

De una vez me adelanto a cualquier perspicacia. Sé que muchos calificarán de extemporáneas y superadas las ideas citadas y expuestas por Guillent Pérez; no faltará quien subestime su esfuerzo por dar respuestas a las preguntas de siempre en el ser humano, con el pretexto de que las urgencias políticas y económicas de estos días exigen otros argumentos, una “dialéctica al día”. Pero como sólo aspiro que estas líneas sean un homenaje a un venezolano olvidado y una oportunidad para citar palabras preteridas, opto por las afirmaciones y respuestas de Guillent Pérez.

Cada una de las partes de El hombre corriente y la verdad trae al final una serie de preguntas, supongo que de sus alumnos, a las que Guillent Pérez responde con su particular punto de vista. De la primera parte tomo la siguiente:

Pregunta 2: ¿Hay filósofos en Venezuela? ¿No es Bolívar un filósofo?

Respuesta: En Venezuela, y en general en el continente americano, no ha habido filósofos. Bolívar fue un general y un político, un héroe; no fue filósofo. Por lo demás, la figura de Bolívar es menos importante que las que les acabo de mencionar (se refiere a los filósofos que sustentan su pensamiento). Pongamos por caso, hay una diferencia astronómica entre Cristo y Bolívar. Cristo es amor; Bolívar es un matador de hombres. Bolívar pertenece a esa concepción de la vida que hemos calificado de errónea e ilusoria.

De precisiones contra corriente abunda la prosa de Guillent Pérez. Algunas de ellas que no por sencillas dejan de ser veraces, sobre todo si examinamos la educación y la política venezolanas. Hemos de esclarecer, para nosotros, en qué época de la historia estamos viviendo efectivamente; pues, podría darse el caso, y esto es lo que ocurre a la gran mayoría, que creamos estar en el siglo, puesto que cronológicamente vivimos en los días que corren; pero pudiera ser que lo que lata en lo más hondo de nuestro ser sean creencias y motivaciones que hayamos heredado, sin actitud crítica, de los siglos anteriores. En este caso, habría de decirse que no vivimos en la época; sino, más bien, que somos rémoras históricas.

Insiste Guillent Pérez en todas las páginas de El hombre corriente y la verdad en que el conocimiento es un camino inconducente a las ultimidades; idealismo y materialismo son intentos fracasados, dos posturas metafísicas erradas y que no hay diferencias esenciales entre una y otra. Para Guillent Pérez no hay nada que pueda darle sentido a la vida, excepto la vida misma y la vida es más importante que todos sus contenidos. En contra de lo que aún se pregona en el mundo, para Guillent Pérez el fracaso del pensamiento, el reconocimiento de sus limitaciones, no es el fracaso del ser humano. Para reforzar esa opinión, una y otra vez vuelve a Lao Tsé, Heráclito, Cristo, Buda…; fustiga nuestra idea del progreso (hoy estamos aplastados bajo el peso del progreso superfluo); exalta el ocio creador, ese que, según él, puede vivenciar el ser humano sobrio, despojado de lo superfluo y de las parcialidades políticas: No se es revolucionario por el hecho de estar adscrito a la ideología comunista o socialcristiana ni a las del centro; eso equivale a quedarse anclado en las posibilidades meramente positivas del hombre-yo, y desconocer la preeminencia de lo en sí, del no ser y del ser. Y líneas más adelante afirma, como para que aún lo pensemos bien: Ser un comunista, ser un socialcristiano, ser un socialdemócrata es ser un negador de la revolución.

Para más páginas y comentarios, para la crítica y el debate, da El hombre corriente y la verdad, incluso para enfrentarlo a críticas apresuradas y para propiciar discusiones aparentemente superadas; tal vez para diseccionarlo y someterlo a los rigores del tiempo, pero nunca para olvidarlo o despreciarlo sin explicaciones, sólo para continuar nuestro apego a la desmemoria nacional y omitir lo que alguna gente de este país ha hecho o escrito. En todo caso, ¿no es válido aún hoy plantear que la filosofía abandone las curules de las academias y las cátedras de las universidades y circule libremente por las calles? ¿Será necio reclamar que la filosofía pueda servirle al hombre corriente en su trajín diario y que si la filosofía no se vuelve una guía efectiva y práctica del hombre común, inevitablemente irá perdiendo valor? Al menos prefiero tomar en cuenta las palabras de Guillent Pérez, palabras como éstas: Si uno no duda de todo lo que se ha recibido como información o creencia, jamás será plenamente sí mismo; o: No hay doctrina verdadera. La vida se agota íntegra en ser vivida; y solamente hay vida en cada individuo.

Transidos de politiquería, sólo atentos a las competencias electorales o a los desmanes de los gobernantes, acosados por una gesta gloriosa que nos cierra cualquier otro camino, cada vez menos lectores de nosotros mismos, deslumbrados por maravillas ajenas y propensos a salidas apresuradas, desatendemos el legado propio e ignoramos que de las páginas de un libro de un venezolano, a principios de la década de los setenta, salta esta admonición: La justicia y las llamadas mejoras que han aportado las revoluciones conocidas se han quedado sobre todo en el papel o en los discursos de los oradores; todas las revoluciones han sido un fracaso, y una prueba de ello es que todavía se está en el empeño de hacer, por fin, la revolución definitiva, porque el gran alimento espiritual de los partidos políticos es el odio al adversario. Cada grupo se cree que es el único; y que los demás son unos farsantes. Y de ese modo, de odio en odio, el hombre-yo ha intentado a lo largo de la historia crear la paz y la justicia. Supongo que no es el mejor momento para intentar vindicaciones y recuperar palabras escamoteadas; de todos modos, estoy acostumbrado a los esfuerzos inútiles y a la ubicuidad de la política

[i] Arístides Bastidas (San Pablo, estado Yaracuy,1924-Caracas, 1992) fue un periodista, educador y divulgador de la ciencia en la columna La ciencia amena en el diario El Nacional.

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Mario Amengual

Escritor venezolano (Maracay, Aragua, 1958). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y actualmente es profesor de los talleres de Literatura I y II en el núcleo de la UCV de Maracay, facultades de Agronomía y Ciencias Veterinarias. Ha sido articulista de opinión en los diarios Últimas Noticias, 2001 y El Siglo. Numerosos artículos, ensayos y poemas suyos han aparecido en las publicaciones digitales El Meollo y Ala de Cuervo, entre otras, así como en la Revista Nacional de Cultura e Imagen, y en los suplementos literarios de diferentes diarios nacionales y regionales. Ha publicado La arboleda deslumbrante (poemas; Alcaldía de Los Salias, San Antonio de los Altos, 1991), El tiempo de las apariencias (poemas; Departamento de Cultura de la UCV, Maracay, 2000), El pozo de la historia/Los extranjeros (novela y poema en prosa; edición limitada del autor, Caracas, 2001), El pozo de la historia (novela; bid & co editor, Caracas, 2007), El cantante asesinado (novela; bid & co, Caracas, 2009), La fiesta de La Democracia (novela; bid & co, Caracas, 2011), El abismo de los cocuyos (novela; bid & co, Caracas, 2013) y A la sombra de los destellos (poemas; Movimiento Poético de Maracaibo, Colección Puerto de Escala, Maracaibo, Zulia, 2015) El juicio de los días (poema en prosa), El Taller Blanco Editores, Bogotá, marzo de 2021; El sol de los días muertos, relato, Sultana del Lago, mayo de 2021.

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