Por José Ygnacio Ochoa

El futuro es impenetrable: esta es la  lección que nos han dado las ideologías que  pretendían poseer las llaves de la historia.
Octavio Paz

La noche está relacionada con el descanso para muchos de los que habitamos este complejo mundo. Para otros, que implica la minoría, está sujeta a lo inasible y para otro grupo de menor cuantía la noche está tocada por la creación como bien lo afirmaba el poeta Vicente Gerbasi. Quizás existan otras connotaciones, sin embargo me quedo con esta última apreciación. La noche puede ser continuidad, desalojo, silencio exterior, pero estallido en su opuesto. La noche puede ser oscuridad y a su vez una absoluta claridad huidiza, es, tratar de ver lo que comúnmente no está al alcance de las pupilas. La noche está ligada a los sentimientos, en ella,  sobrevienen muertes filosóficas. En este orden de ideas el ensayista Juan Carlos Santaella expone, en su libro Breve tratado de la noche (Grupo Editorial Eclepsidra, 1995),  a la noche como presencia y esencia, entonces la noche es.  La noche escruta. En este libro Santaella se pasea por los vínculos de la noche con «el abandono», «el amor», «el infierno», «la ciudad», «la melancolía», «el sueño», «el alma», «la locura», «las palabras», «la soledad» y «el silencio». Con acierto y en ese estricto orden aparecen cada uno de los temas mencionados. Es decir, costumbres, cultura, emociones, lo antropológico, lo cosmogónico y hasta lo filosófico se reúnen para contagiar al lector de una atracción desde y hacia la noche. Lo incomprensible de la noche se aborda desde su ascenso/descenso, por medio del cual, en ese transcurrir del contagio, las libertades están en el ánimo de desentrañar la vida con sus diferencias y sus irracionalidades que, de hecho, son válidas para extraer el sentido profano de lo esquivo e indisoluble de los que padecen de la noche.

Santaella discurre en un tiempo con la sutileza de la reflexión para materializarlo con la palabra. Entonces el ensayo se emparenta con lo poético, por ejemplo, Juan Sánchez Peláez con el poemario Lo huidizo y lo permanente (1969) en el «poema V» nos confiesa: Me pongo a templar en la noche llena de sonidos… Santaella, por su parte, cristaliza el tiempo y la reflexión  con sus ensayos, igualmente nos acaricia con su verbo. Es su abecedario que recorre estancias, parajes y estaciones siempre desde la literatura. Su palabra es un acopio condensado de una experiencia que deviene del estudio por la literatura con un estilo rodeado de connotaciones y visiones centradas en su unidad discursiva.

Para Santaella la literatura es un componente de presencias ineludibles, es decir, la literatura es opuesto a un concepto establecido, cerrado y hermético. Ella, en cambio, se va haciendo en el transcurso del poema, del relato o la novela, y agrego, desde el ensayo, porque también le corresponde su espacio en este entramado de las expresiones discursivas. Bien lo explica Santaella en  La literatura y el miedo… (Fundarte, 1990) la presencia entre ese goce estético y sus alternativas de la experiencia del saber. Nos detenemos acá, pues merece el comentario: es el cóctel entre conocimiento y pasión o entre la investigación y el gozo por describir ese secreto del que es posible, dada la apertura de una movilización desde la contemplación y los hallazgos con las condiciones de una experiencia posible. Por consiguiente, se obedece a ese otro salto a lo impensable: las respuestas con la desnudez de la palabra. Es el deleite por la escritura, en tanto nos declara su atención en la otra historia que no es a la que estamos acostumbrados a ver. Historias evidenciadas en la imagen, en la descripción o narración de una historia de un personaje o la voz del poeta que traslada su estremecimiento por la intervención de una respiración diferente. Dicho de otra manera, al hablar de libertad y goce intelectual para decir del ensayo es cuando se origina la excitación del «concepto» a efecto de liberar el registro intelectual que nos exige el género. Y a partir de allí cualquier eje transversal o temático se forja placentero ante el lector: la vida es atravesada por las ideas contenidas del autor en su obra y de éste a la libre interpretación. Creación y lectura se articulan: el ensayo reflejo de expresión autónoma.

Cabe decir, para esclarecer el tema aquí tratado, que la noche se emparenta con el miedo, pues el miedo  va contenido en la vida, en la acción, más aun, el miedo se confronta con aquella escritura porque hoy día ese miedo aturde como aturde la incertidumbre de lo que está en la calle. Ese miedo es tangible y palpable. Ahora, está el otro miedo, el que se resguarda en la intimidad de cada habitante de una ciudad, pueblo o comarca. Este es, el miedo que no se ve, si bien se siente en la pupila de quien habla porque no existe nada cierto en lo que vendrá. El escritor permanece en y con la palabra. La palabra, este instrumento por excelencia para la inflexión de situaciones que despiertan al lector.

Por lo expuesto, importa mucho destacar la preocupación de Santaella por el ensayo en tanto sea expresión genuina de reflexión, lo que a su vez exige una visión diferente producto de lecturas. Una visión de mundo que se encuentra entre la tentativa y el deseo de ser en un espacio incierto por momentos. Hablamos del espacio del hombre en su intimidad, en su soledad. Igualmente está lo que buscamos en el afuera. El afuera y lo íntimo se contienen en su doble tránsito. Elementos que coexisten y se complementan por la gracia de la realidad que se construye desde los hallazgos. No existe llave alguna que descomponga una historia por construir. La historia va por otro sendero, en todo caso contiene variantes y bifurcaciones que el hombre debe sortear. Ese futuro no es teoría por más que se pretenda acercarla por vía de los postulados, no. Así no funciona el asunto. Así pues, poemas, relatos y novelas no son casualidades. Es una materia única que deviene de la contemplación de alguien que escribe desde la nada e interpreta. Esto tampoco se decreta. En otras palabras: acontece de lo que imaginamos en el interior de un acto de absoluta libertad del gesto por la escritura. En consecuencia, el ensayo es una expresión que arropa alma, cuerpo y libertad.

El concepto de palabra poética, lo sabemos, va más allá de un objeto lingüístico o semiótico. En este caso, es un criterio que impulsa otros componentes. Los anteriores no se niegan, pese a lo cual no es lo acabado ni lo único. La palabra es diálogo en el poema, diálogo con el lector y diálogo con una realidad que se recrea a cada instante que se funda en la constante confrontación con su valor. El sentido de la comunicación adquiere otra dimensión. Santaella en La lámpara encendida (Academia Nacional de la Historia, 1988) en  torno a la palabra expone: Sin la palabra, la historia no tendría sentido y por lo tanto no habría transformaciones ni exigencias trascendentes. (p. 37) Dicho esto, la palabra se reconcilia ante los personajes, ante un paisaje y ante un poema. Se establece una relación que implica  un universo de acciones y sensaciones que se retienen en la contingencia de la palabra misma. Palabra que se articula con  la contemplación y los recuerdos para, luego, restablecerse en las perspectivas del instante amoroso-sensible. Instante único entre palabra, autor y lector.

Montaigne plantea la presencia de las propiedades en la manzana en tanto reúne su matiz, olor, aroma y fulgor, ahora puede que en ella se contengan otras propiedades que no son perceptibles a los ojos, pero que igual existen y se mantienen ocultas. Esto para resaltar las propiedades inherentes a  la naturaleza en sus diferentes manifestaciones y sus facultades sensitivas, vayamos a la heredad de la palabra. Tanto que desconocemos de sus propiedades y sus facultades en relación con la creación literaria y por qué no, en la vida cotidiana. ¿Cuántos no descubrimos en el ejercicio de la escritura? Es el otro discurso de la palabra con sus relaciones y combinaciones para el surgimiento de múltiples voces. Es allí cuando deviene el atributo del redescubrimiento: miedos, ausencias, abandonos, recuerdos, sueños y sensualidades son capaces de ser visualizados porque no sólo se imagina porque se mantienen en la memoria, sino que se transforman en  el nacimiento de una realidad que se exclama con la palabra. A esa proximidad llega el poeta, el narrador y el ensayista por cuanto su recurso por excelencia es la palabra. La palabra en ejercicio de su libertad. La inseguridad embarga un cuerpo porque se desconoce o ignora de ese algo. No podrá decirse jamás o acercarnos a una realidad si se desconoce de la palabra. La respiración del relato-poema proviene de la esencia de la palabra en constante metamorfosis. En cada lectura de una novela, un relato, un poema o un ensayo concurren esas  facultades sensitivas.

A Juan Carlos Santaella lo ubicamos en esta dirección. Sus ensayos vislumbran esta posibilidad. El registro de la vida comienza con la palabra dicha —bien porque se escriba o se materialice oralmente— lo cierto es que las figuras retóricas y sus giros apuntan a un sentido diferente al que se acostumbra en cuanto a escritura creativa se trata. En ese momento cobra valor el artificio del vocablo. El  intercambio va en dirección de un nuevo orden.  Hacia las connotaciones de lo que se escribe. Santaella lo articula desde su escritura. La llave de la historia no está concentrada en las ideologías, creemos que la clave está en la relación de la palabra y su comprensión, quizás sea ingenua esta afirmación pero en la medida que se le proporcione cabida al ejercicio de la creación escrita y su repercusión directa en los lectores en esa medida se estará ante un acto genuino de conciencia.  El escritor creativo propicia un quiebre con las ideas y suprime lo ideológico. El hombre se recrea justo en la libertad de pensamiento que le induce escribir y dejar escribir. Dudar se convierte en el hallazgo de naturaleza amorosa. Por ello, la escritura creativa  es una llama  laboriosa e incandescente.

Juan Carlos Santaella: (Venezuela, Caracas, 1956). Ensayista. Crítico literario. Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Investigador literario y promotor cultural. Docente universitario. Asiduo colaborador como articulista  de diarios y revistas literarias. Establece vínculos de trabajo con «Monte Ávila Editores», «Fundarte», «Fundación Carlos Eduardo Frías», «La Casa Bello», «Franflin White Publicidad» y el «Diario El Universal». Formó parte del Taller de narrativa del «Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos» (CELARG). Premios: Mención honorífica en el «Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal» (1882). «Premio de Ensayo de FUNDARTE» 1990 con La literatura y el miedo y otros ensayos. Ensayos publicados: Reescrituras (1983), Garmendia ante la crítica (1983), Ejercicios críticos (1987), La lámpara encendida (1988), El sueño y la hoguera (1991), La literatura y el miedo y otros  ensayos (1991), Manifiestos literarios venezolanos (1992), Mujeres de media noche (1994), Breve tratado de la noche (1995), Las vueltas del laberinto (1998), El huerto secreto (1999).

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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