Lo más importante para mí, cuando tenía diecisiete años, era el béisbol… Corrían los finales del 2006 y mi equipo, los Tigres de Aragua, llegaba a la final contra los Navegantes del Magallanes. Me puse mi gorra, que había comprado en el centro de Maracay, posible y seguramente no original, igual que la camisa, y me fui directo a ver el juego a la casa de una amiga de mi novia en aquel momento. No recuerdo por qué no fuimos al estadio; pero, sin temor a equivocarme, puedo suponer que seguramente fue por problemas mercantiles, problemas de todo joven de diecisiete años y que yo sufría, pues no producía mucho o nada para aquellos tiempos.

El ambiente en todo el país era de intensa fiesta: las licorerías estaban abarrotadas de hombres ansiosos por beber cervezas, ver el juego y también ver las hermosas promotoras que estaban con su resplandeciente sonrisa, promocionando algo que comprar. Aquel juego comenzó con algunos tropiezos para mi equipo los Tigres. Todo parecía indicar que se desplomaban; todo indicaba que mi equipo perdería el juego. ´

En el octavo inning las personas salían del estadio, con sus pasos apresurados, tristes, sacando la cuenta de todo lo que habían gastado para ver los Tigres de Aragua perder. Pero llegó el noveno inning; iban perdiendo con una gran diferencia de siete carreras. Jean Machí pichaba por Magallanes, todo lo que lanzaba para la goma era una centella, una bala cruda y dura. Machí luego se convirtió en el gran lanzador de San Francisco Giants. Todo parecía perdido para los Tigres, como dije. Todo se había consumado. Habría que ir a Valencia, a enfrentar a Navegantes del Magallanes, en su casa.

Pero, de pronto, el lanzador Machi se complica: tiene hombres en primera y segunda; comienzan los aficionados a regresar para ver la interesante situación. Da un hit Maza y anota Ronny Cedeño. Se calienta el estadio, se calientan los fanáticos y entra en euforia la madre de mi amiga, dueña del apartamento donde estaba viendo el juego. Llenaba su vaso de su güisqui barato, gritando “¡vamos, carajo!”, botando pedazos de maní de su boca.

Luego Núñez da un batazo que pica y se eleva alto que dificulta el «Out», en primera y anota el hombre que estaba en tercera. La madre de amiga se pone aún más eufórica y más pedazos pequeños de maní salen por su boca, arrojando uno incluso a mi vaso de ron. Todos estábamos, excitados por la situación. Silbábamos, gritábamos consignas: «¡vamos, que sí se puede!»; aunque yo miraba con un poco de asco el pedazo de maní naufragando en mi vaso de ron, chochando con los hielos. A Machí lo sentaron, para darle oportunidad a otro lanzador, cuyo nombre no recuerdo.

El juego ahora estaba diez a cinco, favor de los Navegantes del Magallanes. La madre de mi amiga, nerviosa, seguía comiendo maní, y el lanzador nuevo había dado base por bola. Ahora estaban las bases llena. La situación estaba cambiando y yo también había cambiado mi trago, ya que no quería tomar mi vaso con ron con el maní chupado por la madre de mi amiga, quien seguía gritando consignas y comiendo maní. Esta vez tomé mi vaso y lo tapé con mis manos, protegiéndolo de cualquier proyectil indeseado.

El toletero de turno bateó y fue un out fácil para Magallanes. Luego de aquel out, el Manager de los Magallanes hizo nuevo cambio de lanzador y mandó a buscar a su cerrador. La madre de mi amiga mandaba a su hija a recargar su vaso de güisqui y amenazaba con seguir comiendo maní. La tensión la sentía el Magallanes y también yo, con la madre de mi amiga cuando se metió en su boca una mano, justo en el momento en que acababa de poner mi vaso, indefenso, encima de la mesa. El drama era grande para los magallaneros y para mí con mi pobre ron.

El nuevo lanzador, presionado por las bases llenas y por la cuenta de tres bolas y un strike, dio una nueva base por bolas, que hizo avanzar a los corredores, colocando el marcador 10 por 8, aún a favor de los Magallanes. La madre de mi amiga se convirtió en una regadera, soltando maní por su boca y diciendo que le pasaran su vaso de güisqui.

Yo quería que todo terminara: que, si iba a ganar mi equipo, que ganara; y que se iba a perder, que perdiera. Ya no quería seguir sufriendo los proyectiles de maní babeados por la madre de mi amiga. Hasta que por fin pasó lo que tenía que suceder: Alex Romero dio el batazo, muy bien colado, con el que pudieron anotar los corredores en base, y dándole la victoria a Los Tigres de Aragua.

Todo el mundo se desbordó al terreno, todo el mundo excitado: saltaban, gritaban, nos abrazamos, lloramos y, en el momento de tomar mi vaso para tomar un trago largo de ron, caí en la cuenta que estaba al lado de la madre de mi amiga. Pero, gracias al Señor y al Espíritu Santo, revisé antes de tomar y vi cómo mi vaso, mi trago de la victoria, estaba lleno de maní, de un maní baboso, con un aroma a un güisqui barato de la ciudad.  

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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