No hace ni doce meses que escribí sobre lo bien que me sentí cuando visité Málaga. Pero, como en la vida somos espera y acción, esperanza y decisión, y experimenté la necesidad, tomé la decisión de volver sobre el tema, mientras vuelo de regreso a Londres.

Esta vez tuve la dicha de compartir con mis amigos de la infancia: Daniel Sánchez, Gabriel Sánchez, su madre Eugenia y su padre José, para mí el señor José o, como cariñosamente lo he bautizado en forma de chiste, ya que el humor que nos caracteriza, ese humor tan maravilloso de nosotros los venezolanos, me permite llamarlo «El estupendo viejo verde». Me recibió con entusiasmo y con la sonrisa y el semblante intacto, como lo había dejado hacía diez años atrás. Aunque no puedo negar la demoledora evidencia de que el tiempo no pasa en vano. Lo pude ver en su rostro, en las incipientes arrugas en su cara.

Evocamos recuerdos muy gratos y algunos no tanto. Bebimos, comimos y gozamos. Me sentí como cuando tenía veinte años, con esas ínfulas de vivir de prisa, tratando de conquistar a toda mujer que pasaba por mi lado. En un momento estaba absorto por completo, por el curso de las emociones que llegaban a mí cada momento, pensando en mis familiares, pensando en todos aquellos venezolanos que lamentablemente han tenido que salir de sus hogares, para luchar por un futuro más próspero, dejando atrás afectos, hijos, madres y padres, para enfrentarse a horas de soledad e incomprensiones, al duro trabajo y hasta depresiones críticas, viendo cómo se marchan seres queridos, sin tener la oportunidad desde decirles adiós, o mejor dicho, un hasta luego.

Algunas veces me pongo a reflexionar sobre todo esto y me provoca salir corriendo por la calle; pero debo aceptar que, como dice Rafael Cadenas, nos construimos sobre lo arrasado, sin comprender este auge. Y no quisiera dañar este artículo con mis palabras derrotistas y deprimentes, pero es que me sale como un fluido natural: haciendo balance sobre mi vida y, sintiéndolo mucho, cuando el corazón no rima con la realidad ni el lugar, es mejor cambiar de rumbo.

Sin embargo, el objetivo de este artículo es para aquellos padres como Eugenia y José; esos padres que siempre estuvieron dispuestos y aun lo siguen estando, activos para saltar sobre cualquier obstáculo odioso, para estar con sus hijos y así hacerse presentes, con el fin de cumplir los pequeños caprichos que necesitamos todos, para llevar de manera más agradable esta monotonía eterna que es la vida.

Igual que Daniel y Gabriel, siempre haciendo todo lo posible para estar con ellos, pero sobre todo con el señor José, que me dio la oportunidad de pasar unos días inolvidables, hoy puedo declarar, en la hora que estoy escribiendo este artículo, que quiero envejecer como él, es decir, Como un estupendo viejo verde. Y aunque no pude despedirme de ti, Eugenia, lo hice mentalmente, conservando en mi memoria tu sonrisa hermosa y tu generosidad y, además mostrándome que es verdad lo que decía Faulkner que: «algunas de las mejores personas son mujeres, hablan con más sentido».

Al estar rodeado de mis amigos, de esos amigos de los que me despedí un poco distante para no quebrarme, me acordé también de aquel barrio plebeyo y bullicioso; ese barrio donde era un vago empedernido, siempre con la convicción de querer escribir y de que todas aquellas vivencias pudieran servirme para una futura novela. Recordé la casa de Ocumare y los carnavales, donde encontrábamos el patio lleno de hojas secas, como para hacer una ceremonia, esas hojas secas que al recogerlas tenían un sonido particular, que no he podido olvidar. Recuerdo a la señora Aida con sus zarcillos, su pulsera de oro y su cigarro en la mano…

Todas estas líneas no son una melancolía rancia. Sencillamente, no he podido olvidar aquellos días, esos días muertos que forman parte de mis memorias. Gracias, Daniel; gracias, Gabriel; gracias, Eugenia; gracias, José: mi querido y estupendo viejo verde.

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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