La muerte del ciego

 

El sol bañaba los tejados de la Comisaría de Policia. Pasaban por la calle algunas personas y se veía alguna puerta abierta. Los mendigos que llevaban presos pasaban directamente a una de «Las tres Marías», una bartolina estrechísima y oscura; llegaban alli, donde muchos otros habían sufrido hambre y sed hasta la muerte. Las lágrimas les caían por la cara y sentían que la oscuridad no se les iba a quitar nunca mñas de los ojos.

Quién sabe a qué hora los sacaron del cuarto. Se trataba de resolver un crimen político, según les deio un hombre gordo, de bigotes cuidadossobre los labios gruesos. Con voz enérgica les preguntó si alguno de ellos conocía al culpable o culpables de la muerte de un coronel de Ejército.

La respuesta increíble de los mendigos hizo saltar de su asiento al Auditor de Guerra.

—¡Me van a decir la verdad! —gritó con mirada de animal agresivo, después de dar un peñatazo sobre la mesa.

Uno por uno repitieron aquellos que el culpanble del crimen del Portal del Señor era el Pelele, contando con voz débil los detalles de los que habían sido testigos,

A una orden del Auditor, los policías que esperaban en la puerta corrieron a golpear a los mendigos, empujándolos hacia un sala vacía. Del techo, bastante escondida, colgaba una larga cuerda.

—¡Fue el idiota! —gritaba el primero que sufría los terribles dolores, queriendo escapar de aquello con la verdad.

—¡Eso les aconsejaron que me dijieran, pero coonmigo no valen mentiras! ¡La verdad o la muerte! ¡Entérese, entérese ya, si no lo sabe!

La voz del Auditor se perdia como un río de sangre por el oído del pobre mendigo, quien colgando de los pulgares no dejaba de gritar.

—¡Fue el idiota! ¡El idiota fue! ¡Ese Pelele! ¡El Pelele! ¡Ese! ¡Ese!

—¡Mentira….! –afirmó el Auditor–. ¡Mentira!… Yo le voy a decir, a ver si se atree a negarlo, quiénes son los asesinos del coronel José Parrales Sonriente; yo se lo voy a decir… ¡El general Eusebio Canales y el abogado Abel Carvajal!

A sus palabras siguío un silencio helado; luego una queja, otra queja más y por último un si… Al soltar la cuerda, el mendigo cayó al suelo con un horrible golpe. Más tarde les preguntaron a sus compañeros, que temblaban como perros perseguidos, y todos contestaron que si, que así era, menos el ciego. Lo colgaron de los dedos porque aseguraba desde el suelo que sus compañeros mentían al echar la culpa a personas inocentes de un crimen del que sólo se podía acusar al idiota.

—¿Cómo se atreve usted a decir que un idiota puede ser culpable? —preguntó el Auditor.

—¡Hay que fajarlo! —propuso un policía con voz de mujer.

—¡Diga la verdad! —gritó el Auditor, cuando los golpes caían sobre el ciego—. ¡La verdad, o está ahí colgado toda la noche!

—¿No ve que soy ciego?

—¡Es ciego, pero oye! Niegue entonces que fue el idiota…

—¡No, porque ésa es la verdad y yo no soy un cobarde!

—¡Imbécil!

La voz del Auditor de Guerra se perdió en los oídos del hombre, que ya no oiría más. Al soltar la cuerda, el cuerpo del ciego cayó al suelo como un saco de arena.

—¡Viejo mentiroso, de nada hubiera servido su palabra porque era ciego! —afirmó al pasar junto al muerto.

Y corrió a informar al Señor Presidente de las respuestas que habían dado los mendigos. La policía sacó el cuerpo del ciego en un carro de basuras que se alejó con dirección al cementerio. Emepezaban a cantar los gallos. Los mendigos en liertad volvían a las calles.

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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