Parado frente a la ventana, el hombre miraba la niebla bajar de la montaña. A esa hora de la tarde, cuando ya el sufrimiento le había aflojado los nervios hasta aturdirlo, le gustaba disolverse en esa sensación de frío, de liviandad, y dejar correr los recuerdos montaña abajo. A sus espaldas, la mujer tirada sobre la cama seguía respirando agitadamente, tratando de aferrarse a la vida con toda la capacidad de sus pulmones. Por unos segundos estuvo tentado de voltearse a mirarla. ¿Para qué?, pensó, está allí en la misma posición, con los ojos cerrados y la boca reseca, perdida en los laberintos de su inconsciencia, luchando como toda una guerrera para salir de esa larga oscuridad. ¿Dónde estará ahora? ¿Sabrá siquiera que estoy aquí? ¿Será acaso eso lo que la hace desafiar un destino que parece irremediable? ¿Valdrá la pena ese esfuerzo? Si va a regresar despojada de lo que nos unió, es mejor que se marche definitivamente, así no la quiero. El hombre volvió a disolverse en la niebla. Una vez más, los rostros de personas ligadas a él comenzaron a aparecer, era el medio que utilizaban para hacer notar su presencia después de haber desaparecido de su vida. Sin embargo, al igual que en los largos días anteriores, el desfile duró poco. El sufrimiento no permitía que su atención visionaria se alejara de la mujer.

En una silueta ondulante volvió a revivir su primer encuentro con ella. Fue aquella noche de diciembre en que Néstor lo llevó a un campeonato de baile en el club de Suboficiales. Era el tercer día, el decisivo, y las parejas estaban agotadas. Ellos, simples espectadores, estaban a un lado de la pista contemplando el espectáculo cuando dos mujeres, a instancias de sus acompañantes, les pidieron que bailaran con ellas. Néstor se negaba pues no sabía bailar, pero las mujeres, entre vuelta y vuelta, insistían en su requerimiento. Tenían chance de ganar y necesitaban el dinero del premio, dijeron, así que a ellos no les quedó más remedio que acceder. Sin dejar de bailar, se acercaron a la mesa del jurado y las mujeres pidieron permiso para reemplazar a sus parejas. El jurado no estaba de acuerdo, pero ellas alegaron que la prueba era de resistencia y que, si aguantaban, aunque fuese con otros compañeros, merecían el premio. Quedaba entendido que, al ser sustituidos, los hombres estaban fuera de competencia. Sus reemplazantes, de hecho, no podían aspirar a nada pues tan sólo participaban en la fase final.

Después de una breve deliberación, el jurado dio su aprobación y enseguida las mujeres se fueron danzando, con sus parejas a rastras, hasta donde estaban él y Néstor e hicieron rápidamente el cambio. Así fue como la conoció. Las muchachas no ganaron ningún premio porque se desmayaron unos minutos antes del final y eso fue, paradójicamente lo mejor de todo: ellos, confundidos, se dejaron arrastrar por el alboroto hasta el hospital y allí amanecieron junto a sus lechos esperando que despertaran.

Los recuerdos del hombre seguían su curso, bajando y esparciéndose con la niebla. Después vinieron las idas a la playa, tomar cervezas y poner discos en la rocola sentados en las chozas junto al mar, bañarse, tomar sol, corretear y hacer el amor de noche sobre la arena, hasta el día en que el Prefecto, quien se bebía unos tragos por ahí cerca, los vio y los obligó a atravesar el pueblo desnudos para llevarlos presos. Eran los días de alegre inquietud, de despreocupación, aquellos maravillosos días en los que lo único importante era sentirse vivos, agotar las posibilidades arrojándose a ellas como si fuera siempre la primera vez. Termina uno acostumbrándose, pensó el hombre. De tanta movilidad lo fugaz va creando una engañosa sensación de permanencia. Así son las cosas. Se vive al día, sin deuda con los deseos, y de pronto ¡Zas! Un solo golpe acaba con la ilusión y nos obliga a ese fatigoso retroceso para empezar de nuevo, con más años y menos vigor, desgajando ahora cada segundo y tratando de encontrarle un sentido a cada acto. Pero, ¿lo tiene acaso? El hombre sintió rabia. Sabía, sobre todo cuando estaba triste, que al final, a la hora del balance, todo perdía su significación en el olvido.Lo único importante es ser tenaz hasta lo último, se dijo. Lo que hemos hecho, querámoslo o no, será borrado. ¿Y quién sino nosotros dos conoce su valor? Se irá con nuestras vidas, nadie lo sabrá, pero quizá así sea mejor.

Sí, ya no podían negarse a aceptar que la otra cara de esa transitoria realidad estaba sobre sus cabezas desde el principio, insinuándose, transformándose, haciéndose presente bajo cualquier forma. Si pudieras ver la niebla, te darías cuenta de lo que digo. Allí están nuestros viajes, las aventuras, los riesgos corridos, los sufrimientos, las peleas, en fin, todo eso que en estos momentos nos confirma en la lejanía con mayor certeza que nunca ¿Recuerdas cuando el miedo se apoderaba de nosotros? Nos quedábamos en la cama oyendo música y nos dejábamos transportar durante horas mientras nuestras miserias permanecían aquí abajo, en nuestros cuerpos desnudos. Después regresábamos, hacíamos el amor y entre los peligrosos extremos de ese juego, oscilábamos, oscilábamos.

La niebla, frente a sus ojos, se abría. El hombre recordó cuando se separaron después de aquella terrible pelea al final de una fiesta. Ella estaba celosa de Angela y se imaginaba que ésta lo buscaba demasiado. Las explicaciones fueron inútiles. Como siempre sucedía, la discusión no hacía sino confundir más las cosas. El estaba convencido de que era necesario callarse y esperar, dar tiempo a que los ánimos se apaciguaran y poder ser ecuánimes. Ambos, sin embargo, eran demasiado orgullosos para actuar así, el silencio no tenía cabida y los insultos proliferaban desmedidamente. Como ninguno de los dos daba su brazo a torcer, en un arrebato de furor él se había ido a la calle. Vagó por la ciudad, se pasó de tragos y terminó durmiendo en una miserable pensión de la avenida Baralt. A la mañana siguiente se levantó triste y deprimido pero su orgullo todavía era suficiente como para impedirle que la llamara. Casi no desayunó acuciado por la náusea y le dolía mucho la cabeza; tampoco pudo leer el periódico, su desesperación no se lo permitía. Caminó entonces sin rumbo, se metió en un parque y, sentado a la sombra de un árbol, inventó un diálogo donde todo salía bien. El dolor de cabeza fue cediendo y le entraron ánimos de buscarla. Visitó los lugares acostumbrados pero no la halló en ninguno, ni siquiera en el café de Giovanni, su sitio preferido, el de los capuchinos con crema y los panes con mermelada. ¿Se habría ido? No, no lo creía. Estaba fatigado, no le quedaba ni sombra de orgullo y tenía demasiadas ganas de verla, de modo que dirigió sus pasos hacia la casa, donde seguramente sí estaría. Cuando entró, vio con inmensa alegría que la escena familiar se repetía: ella, desnuda sobre el sofá, lo esperaba con la tímida sonrisa que empleaba para las reconciliaciones. Ahora está aquí, cubierta hasta los hombros con una sábana y no me espera, se dijo. La mujer tosió pero el hombre no volteó a verla. Sus manos, unidas por detrás de su cuerpo, se frotaron con violencia. La niebla, frente a él, se alborotaba.

Recordó la vida en la Universidad, los estudios inconclusos de ambos, el tedio de las clases conjurado en los puestos del fondo donde se reunía el grupo a planear lo que harían al salir, la ida y venida de los papelitos, mejor hacemos esto, mejor lo otro, las cervecerías, las fiestas improvisadas y los líos que se formaban, la actividad política, las manifestaciones, los gases lacrimógenos, los tiros y los allanamientos, los libros que leyeron y los que no leyeron, las polémicas interminables, la camaradería sin exigencias. Toda esa vida de eternos estudiantes volvía ahora para señalar su importancia, el lugar preponderante que ocupaba en su espectro vital no era casual. Lo vivido, sin embargo, no puede hacer nada. Nadie puede hacer nada, se dijo con amargura.

Dibujados en la niebla, la multitud de animales que formaban el tesoro de ella flotaban con resignación. Me quedo solo. Dondequiera que vayas te llevarás tus objetos. Están dotados de la vida que les diste y te están siendo fieles hasta lo último. El elefante ya no podrá estar sobre la repisa con su rabo hacia la puerta para atraer la buena suerte, ni la gallina en la ventana, ni la tortuga sobre el escritorio, ni la paloma sobre la nevera, ni ninguno de los otros animales de barro colgados en las paredes y custodiando los libros en la biblioteca. Ese escenario desaparece contigo para darle paso a otro, el que vendrá estará despoblado y para serte fiel lo dejaré así. No habrá más. En la nueva selva no habrá más animales, los tuyos los meteré en una caja y los haré desaparecer. Se llevarán consigo el híbrido olor de vidas entremezcladas, itinerarios coincidentes, única prueba de la estrecha relación que favorecía nuestro mundo. Le dejaremos el paso libre a la derrota y su estela polvorienta.

El hombre conocía ya este doloroso proceso, lo había vivido en su infancia y había recibido de él marcas imborrables que eran ahora verdaderas cicatrices abiertas por las que se desangraba. Con un nudo en la garganta recitó para sí: Nuestra precaria relación con eso que llamamos realidad carece de todo aroma perseverante. Al encontrar nuestro idioma, lo que una vez fue muchedumbre se deslizó sobre nosotros como punzante evidencia de la obra natural. Fluyeron comienzos y finales en sucesión, como subrepticios testigos de este inesperado saqueo. Ahora sabemos que nada nos pertenece.

Oyó un gemido a sus espaldas, pero no tuvo valor para voltearse. En ese momento, la niebla se ordenaba formando un solo cuerpo y, lentamente, fue dibujando con cruel fidelidad el hermoso rostro de ella. El hombre bajó la cabeza. Un silencio opresor se había apoderado del sitio.

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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