Por: Alfonso Solano.

El jazz como manifestación artístico-musical siempre ha tenido que sortear en el curso de su historia, desafíos, escollos estilísticos, dificultades técnicas y múltiples retos para afianzarse y convertirse en el proceso, como la verdadera “música clásica” del siglo XX. La historia de esta música es necesariamente, la historia de sus protagonistas: aquellos quienes se han entregado en cuerpo y alma para ganarse un sitial como exponentes de una expresión que compromete su vida misma. El músico de Jazz es un músico de batallas, de luchas y avatares múltiples que comprometen su espíritu e involucra todo en cuanto sucede a su alrededor. Esto implica un gran compromiso y una alta demanda de preparación tanto psíquica como técnica para poder estar al nivel de las exigencias que significa subirse a un escenario y exponer toda la carga expresiva de ideas a través de un instrumento musical. Con mucha frecuencia el músico de Jazz trabaja bajo una fuerte presión: por un lado debe estar a la altura técnica de sus compañeros de banda, por el otro, debe dominar y conocer un amplio repertorio de temas y “standar’s”, y por último, debe expresar ideas frescas y novedosas que recreen la melodía cuando le toque la parte de la improvisación. La sinergia de un grupo o banda se debe en gran medida a la interacción grupal y al balance emocional de sus miembros. Jerry González  lo supo desde temprana edad cuando decidió, aun siendo estudiante en la escuela secundaria, dedicarse a la música como medio de vida y subsistencia. Jerry había crecido en un ambiente en donde la música estaba presente en cada labor cotidiana de su vida rutinaria. Junto a su hermano, el gran contrabajista Andy González, Jerry recorrió un camino azaroso de avatares y experiencias musicales que lo prepararon para las batallas y compromisos que le esperaban en su futuro promisorio como trompetista y ejecutante de la percusión afro-cubana. Los hermanos González se convirtieron, en el transcurso de su intensa vida musical, como los pioneros de un movimiento que involucraba  la música de sus antepasados antillanos para proponer una fresca y novedosa faceta de un jazz neoyorquino de vanguardia con sello afro-latino.

EL INICIO DENTRO DE LA VORÁGINE PRODIGIOSA

Jerry González nació en Nueva York el 5 de Junio de 1949. Desde muy temprana edad, su oído se recreó con melodías que escuchaba en el viejo pick-up de su padre quién era cantante popular de boleros, sones, y temas originarios de su tierra nativa puertorriqueña. Los aires de habaneras, bombas y plenas, guarachas, mambos, rumbas y sones, abrigaron al joven aspirante en medio de una vida de necesidades y avatares domésticos. Cuando Jerry estudiaba en el ciclo de la secundaria, decidió que iba a dedicarse a la música y eligió la trompeta como su instrumento ideal. Sin embargo, los ecos de los tambores siempre surgían desde su fuero interior. Jerry atesoró estos sonidos desde que era un niño, cuando acompañaba con instrumentos percusivos de fabricación casera como latas de leche o cajones de madera, las melodías que escuchaba junto a sus padres en el entorno familiar. Jerry recuerda que cuando era joven escuchó el tema de Ray Bryant “Cubano Chant” arreglado por el vibrafonista Cal Tjader donde participaban los congueros cubanos Mongo Santamaría y Armando Peraza. Ese disco lo marcó de por vida. Realmente, era cosa de breve tiempo antes de que el joven Jerry se dedicara con pasión definitiva a los instrumentos de percusión.

Los hermanos González crecieron en el conocido barrio neoyorquino del South Bronx, tocando y escuchando todo tipo de música, pero en especial los ritmos afro-caribeños y el  be-bop: el jazz que evolucionó a partir de las aportaciones de los vanguardistas Dizzy Gillespie y Charlie Parker que fundaron el movimiento en los salones abandonados del Hotel Cecil de la calle 52 que luego se llamó Minton’s playhouse, en honor a su fundador y promotor principal. Jerry manifestó en uno de los discos que conforman el legado de Fort Apache, lo siguiente: “Lo que no pudimos es no haber sido creados y desarrollados como músicos fuera de la ciudad donde crecimos: Nueva York. Cuando nosotros tocamos, estamos influenciados por todo lo que hemos vivido y experimentado aquí: Mongo Santamaría, John Coltrane, Miles, Monk, James Brown, todo al mismo tiempo”. En este sentido, la cultura musical de los hermanos González obró como patrimonio para que en los años setentas ambos músicos debutaran con bríos renovados en el competitivo, y muchas veces cruel, ambiente del Jazz de la gran manzana.

LA BANDA DEL FUERTE APACHE

Andy González, unos años mayor que Jerry, había fundado en el año de 1974 el legendario grupo “Conjunto Libre” con el maestro timbalero Manny Oquendo y el flautista de origen puertorriqueño Dave Valentin. Andy recuerda que Jerry, después de estar experimentando con grupos diversos donde se probó su gusto por los instrumentos percusivos y su talento para ejecutarlos, formó Fort Apache Band en 1977 y no en 1979 como muchos especialistas y musicólogos han afirmado.  En el ameno y valioso libro de texto “Caliente”-una historia del jazz latino- del periodista, poeta e historiador musical belga Luc Delannoy, podemos leer y constatar de primera mano el testimonio del bajista Andy, quién le confiesa al entrevistador la génesis del nombre de la banda fundada al lado de su hermano Jerry: “Habíamos hecho nuestra primera grabación “Ya yo me curé” en 1979. El disco había salido con el nombre de Jerry; el quería un nombre para el grupo pero yo lo convencí de sacar el disco con su nombre. Dos años después fuimos invitados al festival de jazz de Berlín, y como el promotor exigía que el grupo tuviera un nombre, escogimos el de Fort Apache Band. Queríamos protestar contra el film del mismo nombre que daba una imagen negativa del Bronx y de sus habitantes (…) Queríamos mostrar que en el South Bronx existía un poderoso movimiento artístico; de allí el nombre de Fort Apache”.

Andy González confiesa a Delannoy en su libro, que en el año de 1964 formaron una big band compuesta por 18 músicos para tocar en el salón del director Lew Matthews, quién tiempo después fue el líder musical de la cantante Nancy Wilson. Andy por su lado, adquirió una reputación como bajista en todo el escenario neoyorquino, y fue así como en el año de 1969 pasó a formar parte de la banda estelar del conguero y compositor Ray Barretto. Un año más tarde, Andy logró integrar como bajista un quinteto, que había organizado para el momento el legendario trompetista Dizzy Gillespie. Y tanto Jerry como Andy, formaron parte en el año de 1971 de la afamada agrupación del no menos conocido pianista Eddie Palmieri.

En Fort Apache Band, integrada además de los hermanos González, por el pianista Larry Willis, el saxofonista Joe Ford y el baterista y percusionista Steve Berríos (desde su formación original) están presentes todos los elementos rítmicos de la rica tradición afro-cubana combinados con texturas del más puro jazz Mainstream con un enfoque vanguardista en los arreglos y en la armonía de los temas. Jerry, quién era un maestro conocedor y ejecutante de la percusión de origen afro-cubana, matizaba todos los temas con una poliritmia robusta y enérgica provenientes de sus 5 congas afinadas en distintas tesituras y escalas. Esto último era el sello distintivo de la banda. Jerry era un amante de la rica herencia de percusión que creció y evolucionó en la isla de Cuba; su grupo favorito era “Los Muñequitos de Matanzas” una agrupación con más de 80 años de tradición. En la trompeta Jerry tenía un sonido pastoso, hiriente e incisivo, con un rango expresivo muy amplio. Cuando se inició en el instrumento su interés estuvo centrado en la exploración, como es común en los jóvenes intérpretes, de las escalas y sonidos de los  maestros del instrumento en su vertiente “moderna”: desde Fats Navarro y Howard Mc Ghee, pasando por Lee Morgan, Freddie Hubbard, Ted Curson, Don Ellis y Kenny Dorham, hasta llegar a los que, naturalmente, fueron sus mayores influencias: Dizzy Gillespie y Miles Davis. Estos dos últimos fueron decisivos en su norte como trompetista, porque le dieron el sustrato del rango lírico-tonal que él buscaba para expresarse en su instrumento. La identidad del sonido en un músico con una personalidad tan singular como la de Jerry, siempre estuvo conectada a su humor y a su controvertido carácter expresivo, que provenía de su ánimo íntimo y con mucha frecuencia, tímido. De su maestro Gillespie adoptó su carácter humorístico y su flexible y virtuosa digitación, y de Miles su sonido íntimo, oscuro y pastoso. Con todo, Jerry siempre buscó su propio sonido (algo sumamente difícil de lograr en un artista) en el sentido de conectarlo a su raíces antillanas, pero siempre anclado con un fuerte sentimiento de blues. Dos experiencias fueron decisivas para el trompetista en la consecución de su sonido: Su larga estadía en la banda del portentoso bajista Charles Fambrough, y su amistad y camaradería compartida al lado del dotado trompetista Kenny Dorham, cuando ambos impartían clases juntos en la “University of the Streets” del lower east side of Manhatan. Andy, quién también daba clases de bajo en la misma universidad, cuenta que como no habían casi alumnos, tenían mucho tiempo para descargar en improvisadas jam sessions que tenían lugar en sus salones vacíos.

EL PERIPLO FLAMENCO

Todo comenzó cuando el director y productor de Cine español Fernando Trueba hizo realidad un sueño que atesoraba desde años atrás: realizar una película en homenaje a la música que siempre había amado y escuchado: los ritmos afro-cubanos y latinos junto a las armonías de jazz, ese blend que elogió Jelly Roll Morton desde los inicios de esta música y que siempre estuvo presente en ella. Trueba es un amante del conocido “Jazz Latino” y además un gran melómano y conocedor desde sus orígenes. De modo que cuando tuvo certeza de que podía realizar su proyecto fílmico, la emoción invadió su ser por completo.  En la elección del material musical y en las bandas que integrarían el documental, se tuvo muy en cuenta no solo el criterio de especialistas en la materia, sino fundamentalmente, las que el propio Trueba consideraba que debían aparecer en el film. Cuando todo estuvo listo, el cineasta español viajó a la ciudad de Nueva York y se instaló con todo su equipo en los legendarios estudios de la compañía Sony de la calle 54 (Antiguamente, “la catedral” de Columbia Records.) para iniciar la grabación. Durante 10 días consecutivos –desde el 7 al 18 de Marzo del año 2000- Trueba, junto a un calificado team de técnicos, estuvo sumergido con su cámara en las sinuosas y contagiantes ondas sonoras del más puro Latin Jazz, conducido por las más rutilantes estrellas del género. El resultado fue una histórica película en el género documental que muestra, con un poético enfoque cinematográfico y con la maestría natural de su director, lo más selecto de las viejas y nuevas agrupaciones de este género musical que, tras el lanzamiento de la película, tuvo un resurgimiento inusitado. Una de las bandas emblemáticas que participó en el documental “Calle 54” de Trueba fue precisamente, la Fort Apache Band de los hermanos González. Jerry, además de participar con su banda, fungió de presentador de las agrupaciones y los intérpretes al final del film, en donde se ve al trompetista que, después de su presentación y tras una respiración profunda, suelta una sonrisa desenfadada pero con algo de nerviosismo. Summun Jerry al cuadrado.

En este histórico escenario fue donde Jerry entró en contacto con los músicos gitanos que acompañaban al gran pianista gaditano Chano Domínguez. Lo demás es historia conocida por todos. Tras el éxito obtenido por el film, Trueba fundó un sello discográfico: Calle 54 Records, donde hizo grabaciones históricas con algunos músicos participantes del documental. Poco tiempo después, Jerry se mudó casi sin pensarlo a Madrid, la capital española, y una vez allí se instaló en el popular barrio Lavapiés. Allí comenzó su periplo flamenco; Jerry se enamoró de este género musical de tanta tradición española, y al poco tiempo ya se encontraba tocando con los músicos e intérpretes más conocidos de la ciudad. En los años que vivió en su residencia madrileña, el trompetista grabó y colaboró intensamente con figuras del Flamenco como: Enrique Morente, Blas Córdoba, el guitarrista  “El niño Josele”, el pianista Chano Domínguez y el celebrado cantaor Diego “El Cigala”, entre muchos otros. Años más tarde, salió al  mercado su disco: “Jerry González y los piratas del Flamenco” donde el conguero-trompetista expone toda su impronta jazzística con los elementos gitanos aprendidos de su experiencia y contacto con los exponentes de este género musical.

UN LEGADO IMPERECEDERO

La “banda del fuerte apache” de los hermanos González, logró grabar 8 álbumes, a pesar de las dificultades naturales que genera los avatares del mercado discográfico del Jazz. Entre ellos destaca “Rumba para Monk”, un trabajo musical remarcable que le dio a la agrupación su sitial de honor entre las bandas con mayor proyección de la llamada “new thing” dentro  del género latin jazz a nivel mundial. El disco tuvo una acogida exitosa y ganó, entre otras distinciones, el prestigioso “Diapasón de Oro” que otorgan los críticos franceses. Thelonious Monk fue para Jerry, no sólo una inspiración y referencia constante, sino que se convirtió en el padre espiritual del músico. El historiador y productor musical Nat Chediak escribió en las notas de presentación para el disco doble que salió tras el éxito de calle 54, que Jerry González era “El hijo adoptivo de Thelonious Monk y Yemayá; pan purificado con los ritmos afro-cubanos”. Y la verdad es que “Rumba para Monk” es el mejor tributo que pudo brindar  Jerry a su padre musical neoyorquino. Después de la marcha de Jerry a Madrid, la banda se tomó un tiempo de descanso y sus miembros fundadores se dispersaron para retomar sus proyectos musicales personales. Volvieron a juntarse en muy pocas ocasiones, una de ellas fue cuando en el 2011  Jerry regresó al barrio para visitar a su familia y estuvo una breve temporada en la ciudad de Nueva York. En esa oportunidad, la banda se presentó en un conocido local de Jazz en el lado este y Andy, quién ya presentaba problemas de salud por una diabetes avanzada, fue sustituido por el talentoso joven bajista de la banda de Eddie Palmieri: Luques Curtis. Ese mismo año en el mes de octubre, la Afro Latin Jazz Orchestra del legendario director de orquesta Arturo O’Farrill  realizó en el teatro Symphony Space de Nueva York un tributo a Jerry González y a su hermano Andy. Tras la disolución total de la banda, queda el legado musical de una agrupación que abrió horizontes en el panorama del Jazz nacido y engendrado en Nueva York, y que salió al mundo para mostrar su propuesta novedosa y vibrante. En las notas que acompañan al disco “Fire Dance” grabado en vivo por la banda, Jerry dejó una muestra de su agradecimiento y afecto logrado al lado de sus guerreros Apaches: “Estoy feliz y soy afortunado por contar con una banda de músicos verdaderamente geniales, los cuales son líderes por derecho propio y quienes son verdaderamente mis hermanos; tanto como una familia verdadera (…) Aprecio profundamente a todos aquellos que nos han ayudado y apoyado, en las buenas y en las malas para llegar tan lejos y haber alcanzado tantas metas. Estoy eternamente agradecido al creador, a mi familia, y a los apaches por esta hermosa experiencia de la vida; por la música y el amor”.

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Argenis Gadea

Nací en Venezuela el 28 de diciembre de 1989. Siempre he sido muy consciente de mis deficiencias en mi educacion, por eso me he dedicado a llenar esos vacíos intelectuales leyendo y estudiando. Puede ser que mis capacidades literarias no estén a la altura, pero así como el que tiene miedo grita, empecé a manejar mis emociones para descargalas en un papel en blanco y luego publicarlas. Comencé mi vida literaria con la novela "Tierra de señores". Luego de tantos meses de trabajo, he dado vida a mi segunda novela: "Desde el fondo de mí", publicada con la editorial: Sultana del Lago. Leo y escribo; eso es todo.

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